sábado, 2 de marzo de 2013

VII.CAPÍTULO. ÉL.


Él es ese amigo que estuvo ahí cuando te rompiste, estuvo ahí cuando reíste y estuvo ahí cuando creciste. Es tan inolvidable que cuando te preguntan cómo es... Lo único que puedes decir es que él es el, de la manera más maravillosa en que puede ser una persona.



Corrí por el jardín hacia enfrente, hacia enfrente pisando charcos de lodo, metiendo mis zapatos en él, me atore en un hoyo y caí de rodillas poniendo las manos enfrente. Sentí el eco del golpe en las extremidades.
Estaba lloviendo con una fuerza ciega y lo único que quería hacer, era salir de ahí y llorar, llorar abrazada a mi madre, gritar que un hijo de puta sin vergüenza se había robado el derecho a decir lo que ya sabía pero no quería saber. La verdad que solo me pertenecía a mí.
Alce el rostro al cielo dejando que el agua me salpicara, me inyectara su energía para vivir tanto tiempo como lo había hecho su acto de caer del cielo. El rostro me dolía de que cayera sobre él, pero quería que me doliera aún más, es mejor el dolor físico que él me amargaba la sangre. Deje un profundo sollozo en forma de suspiro ser exhalado y me deje llorar en silencio, permitiendo que las lágrimas fingieran ser gotas de agua.
- ¿Alice? - pregunto alguien. No, por favor, no... Pensé apretando los labios, cerrando los ojos, apreté mis manos contra mis muslos-. Alice! - dijo esta vez con alivio, me puso una mano sobre mi hombro, para después tomar mis hombros y levantarme, abrí los ojos cuando me dio vuelta. Era Paris.- Te estas empapando - dijo el también empapado, me llevo hasta el refugio de uno de los edificios donde me puso su saco más seco que el mío, sobre mis hombros.- No puedo creer que Alexander te haya hablado así - dijo mirando el pasto por el que pasábamos, sonaba molesto. 
Yo le miraba la cara, me tenía  aferrada por la cintura. Al parecer si había corrido un tramo de nuestro edificio, cuando pregunte porque me abrazaba, sonrió, me libero y casi caigo de rodillas, pero él me tomo del brazo. Ahora solo chispeaba un poco, baje mi mirada a la hierba mojada, con un montón de lágrimas atrapadas en sus puntas.
- Alice - comenzó girándome y tomándome por los hombros-, él no es importante para nadie - asentí, pero él negó una vez.- No es importante - recalco-, no le escuches, no le prestes atención - subí la mirada a sus ojos, me lo estaba diciendo en serio.- Es lo mejor que harás - y me lo estaba diciendo de experiencia propia. Esta vez asentí con más confianza, me estaba aconsejando-ordenando-comentando. Sonrió, me comencé a quitar su saco
- No - pidió-, quiero que me vean el torso, trabajo horas extras en él - sonrió-. Vamos - dijo, esta vez solo tomándome de los hombros, me hizo pasar por la puerta, giramos unas cuantas veces y vislumbramos a Nicolle enfrente de Alexander que miraba sus zapatos, cuando alzo su mirada, sus ojos daban miedo.- Puedes caminar? - pregunto Paris cuando nos acercábamos, asentí, fue quitando la presión. Cuando nos acercamos los escuchamos hablar.
- ¡Le pedí que le mostrara el colegio! - dijo Nicolle en tono molesto.
- Lo sé pero...
-¡No hay pero! Joven Pechir, no sé si es estupidez o mero cinismo lo que ha impulsado sus actos y espero que este bien consciente que estos tendrán un castigo tan lesivo como sus palabras - en mi fuero interno la mire con la boca abierta y ¿lo que mostraba?, lo más probable, es que mostrara tristeza.
- Señorita Nicolle, encontré a Alice - dijo Paris, adelántame con su mano suavemente. La señorita Nicolle giro, su mirada se le descompuso al verme.
- Gracias, joven Forte - dijo Nicolle pasando un brazo por mis hombros-, puede ir a cambiarse y regresar a sus clases - ordeno, Paris asintió sonriéndome una última vez, le devolví la sonrisa.- En cuanto a usted, señor Pechir, puede retirarse a su salón y yo le mandare a hablar - dijo girándonos para verlo, mire más allá de él, al pasillo vacío, escuche una vacilación en al ambiente.- ¿Qué está esperando? - pregunto Nicolle-, le he dicho que se retire - dijo, mi fuero interno enarco las cejas e hizo un gesto de exagerada exasperación, escuche unos pasos y vi cómo se alejaban sus zapatos.
Ella exhalo lentamente y estrujo mi hombro.
- Vamos a que tomes un baño y cambies tu uniforme - comenzó a caminar-. Dios sabe que me hará tu madre si te enfermas - se escuchaba su sonrisa, apreté la boca. No tenía ganas de sonreír.
Fuimos a aquel enorme edificio que me hizo creer que esto era Azkaban por entre los senderos de piedra que tenían techo de acrílico para evitar la lluvia.
En su oficina había un cuarto sencillo de alfombras rojas y cortinas blancas, la cama tenía un edredón dorado, una mesa de noche con una lámpara blanca de lectura. Había una pequeña puerta que era un baño pequeño blanco con tina, después de tomar un baño con mucha agua caliente, me puse el uniforme que Nicolle me había entregado.
Cepille mi cabello con un pesado peine de cerdas blancas y mango plateado, entre más lo cepillaba un olor a lilas se intensificaba en mi cabello.
- Nadie cree eso de que soy feliz - repetí como Alexander había dicho. Nadie lo cree y lo peor, es que ni siquiera yo lo creo. Repetí cada una de sus palabras, con su propósito, con el propósito con el que habían sido dichas: lastimarme más y más profundo.
Las lágrimas se me desbordaban por los ojos, eran pesadas y lentas, como si no quisieran salir.
Trague saliva, lo único que quería hacer yo, era respirar con tranquilidad, como si no me importara el tiempo, los días, como si fuera que no tuviera marcas, ni límites. Me habían dicho que así seria para mí, que yo no tendría límites. Y Alexander me había hecho escuchar lo que yo menos quería, ha dicho todo eso en el momento que yo menos quería.
¿Por qué no de una vez me clavaba un cuchillo con oxido una y otra vez en el abdomen? Me hizo escuchar mi único límite.
Yo solo vivía por mi tiempo comprado a la fuerza, era la única razón que estuviera en este colegio, que sonriera y eso me llenaba de un profundo coraje, porque no era por mí, ni para mí.
Cerré los ojos. Suspire una vez más abriéndolos.
¿Y que importaba si nadie me creía? Yo no vivía de lo que la gente creía, si viviera, hubiera muerto hace mucho tiempo o viviría eternamente. Imposible.
En cuanto Alexander se podía quedar con sus creencias y hacer con ellas lo que quisiera.
Me vi en el espejo y la mirada era fría, me daba miedo yo misma cuando mi mirada era así. No dejaría que mi mirada se tornara así por un idiota que parecía estar dispuesto a romperme en pedazos. Todo el tiempo.
Acomode el cuello del uniforme que era un poco más pesado que el mío y salí del baño, haciendo mi cabello hacia atrás porque se empeñaba a pegarse a mi frente.
Nicolle estaba viendo a través de las ventanas, haciendo un lado las cortinas, tenía estrechados los ojos y sonreía.
- Perdón, pero me da gracia verlos portarse mal - dijo sonriendo abiertamente a la ventana. Hacia lo mismo que mi mama, hablaba sabiendo perfectamente que yo estaba ahí y que la estaba escuchando. Suspiro y giro, entendido la mano para que le entregara el uniforme mojado.- ¿Ya te presentaron a tus maestros? - pregunto cuando caminábamos hacia mi edificio.
- No me los han presentado - respondí viéndola directamente a los ojos, tenía una mirada cálida y amistosa.
- Bien, pues vamos - dijo abriendo la puerta de mi edificio y sosteniéndola para que pasara.
Entrabamos a los salones que estaban distribuidos por los largos pasillos, donde los alumnos se sentaban en altos escritorios para dos de madera oscura, con bancos de respaldo de madera y patas de metal. Los salones estaban acondicionados según la materia, pero eran similares, de paredes blancas y piso azul, ventanas cuadradas hacia al bosque y dos pintarrones blancos al frente con una tarima y escritorio pegado a la esquina para el maestro.
Ella me presentaba a los maestros, yo solo asentía o les daba la mano dependiendo de lo que ellos hacían, luego me presentaba a los compañeros, eran ciento cincuenta alumnos de segundo semestre y en cada salón había treinta alumnos, todos callados... Algunos porque miraban atentamente y otros porque la banca les estaba contando los secretos del universo. Reconocí a algunos del almuerzo, me saludaban o me sonreían o seguían hablando con la banca sobre los secretos del universo con los ojos cerrados y respiraciones acompasadas.
Parecía que Nicolle y yo teníamos un dialogo ensayado: se llama, me llamo, denle la bienvenida, gracias, así salón por salón fui presentándome con los maestros y alumnos con los que compartiría clases. No fue tan terrible como me lo imaginaba y la emoción que había empezado a sentir después en el almuerzo se había evaporado.
En el último salón, en el de Historia, Nicolle se interrumpió una vez y dirigió su mirada al fondo del salón donde Jaime y Gaby reían, no parecía que se burlaran de algo en específico, simplemente estaban muriéndose de la risa. Sonreí porque la risa de Gaby parecía la de un reguilete que se trababa, los ojos de Jaime estaban llenos de lágrimas y cuando vio que Nicolle lo miraba con las cejas enarcadas, bajo la cabeza a su brazo sobre el escritorio y siguió riéndose.
-¿Qué clase de comportamiento es ese? - pregunto Nicolle cuando terminamos en ese salón, tenía los brazos sobre el estómago y enfrente de ella a Gaby que miraba al suelo y a Jaime que la miraba con una ceja arriba en el pasillo casi sin alumnos. Yo estaba atrás de ella y desde este punto las cosas se ven tan distintas.- Respondan - exigió Nicolle.
- Lo siento mucho, señorita Nicolle - susurro Gaby.
- Pues yo no lo siento - dijo Jaime cuando la mirada de Nicolle se desplazó a él.
- Señor Farrell... - susurro Nicolle apretando los dientes, parecía cansada de él, sus hombros se tensaron-. Se puede retirar, Gabriela - ordeno, esta asintió, dio media vuelta y entro al salón.- Con usted hablare después - dijo viendo a Jaime.- Pero antes acompañara a Alice a la lavandería - ordeno sonriéndome, me puso una mano sobre el hombro y camino por el pasillo hacia la derecha. Jaime me miro expectante.
- No sé dónde está la lavandería - dije, ni sabía que había lavandería. Me hizo un ademan hacia enfrente, camine hasta las puertas donde las abrí y deje que se cerraran después de que salí.
- Que caballeroso eres - se quejó frotándose la frente.- Así que no te mostraron la lavandería, ¿eres alumna externa? - pregunto, alcanzándome, sonrió cuando lo mire.
- Si, supongo que creyeron que no necesitaría saber dónde estaba la lavandería - respondí encogiéndome de hombros.
- O quien te mostro el colegio es un imbécil.
- Esa también es una posibilidad más posible - asentí, él sonrió otra vez.
- Alice! - exclamaron a mi lado, como a unos diez metros estaba Alexander, puse los ojos en blanco.
- Puta madre... lo que me faltaba - se quejó bufando, camine hacia enfrente cuando vi que se acercaba. Pensaba lo mismo que Jaime...
Encontré que después del último edificio solo continuaba un sendero de piedra que terminaba uniéndose al pasto verde y solo tenías que caminar unos cinco metros siguiendo los retazos de sendero y encontrarías una casa de dos pisos con techo de madera de doble vertiente y una pared tapizada por una enredadera de buganvilias. Era un rectángulo perfecto con dos ventanas en la parte superior.
Abrí la puerta de madera de pino, hizo sonar una campana de color dorado sobre mi cabeza, debajo de mis pies había un tapete de coco que decía: 'Bienvenido', el piso era de tablas oscuras brillantes y crujientes, había un mostrador de madera pálida.
Mire más allá donde había como cinco lavadoras, secadoras debajo de unas ventas, una plancha gigantesca de las que tienes que bajar y subir, canastos de mimbre con ropa y otros con uniforme. Olía a lilas y jabón de eucalipto, era un olor fresco.
- Hola - cante sin querer acercándome al mostrador, me recargue en el-. ¡Hola! - dije otra vez. Una puerta en forma de trapezoide se abrió de pronto, no la había notado porque estaba oculta en la pared de madera, me sobresalto ver que de ella salía una chica de piel morena, cabello negro, ojos cafés, alta, delgada y extremadamente sana. Me hice para atrás del mostrador y solo puse mis manos en él.
- Hola - sonriendo, tenía una linda sonrisa que hacía que sus ojos brillaran.
- Hola - repetí, sonrió aún más-, vine a recoger algo - dije notando que no sabía porque había ido.
- Eres Alice Fintan, ¿verdad? - pregunto estrechando un poco los ojos, asentí apretando los labios.- Eres inconfundible - dijo sonriendo y caminando hacia unas percheros de metal.
¿Cómo que era inconfundible? Tal vez es porque eres pelirroja, idiota, canturrio mi fuera interno, le estreche los ojos, queriéndole responder que la idiota era ella, pero ella era yo. Me estoy volviendo loca, trague saliva, tal vez sea el inicio de una esquizofrenia. Se llama dialogo interno, idiota, me respondí a mí misma. ¡Buda! Sonreí un poco. Tengo que madurar.
- Ten - dijo la chica, poniendo sobre el mostrador una bolsa de ropa negra-. Te puedes cambiar ahí - señalo algo a mi costado, gire para ver una puerta de pomo dorado-, cuando termines me entregas el uniforme y yo se lo doy a Nicolle - sonrió parpadeando una vez y luego otra. ¿Me estás haciendo ojitos? Sonreí mientras asentía y tomaba la bolsa.
Era un pequeño cuarto con espejo de cuerpo completo y una especie de banco empotrado a la pared, era un vestidor.
Me cambie rápidamente el uniforme que Nicolle me había prestado, la tela de mi uniforme y este eran diferentes, la de Nicolle era una especie de lana y el mío era de algodón, la camisa ahora estaba muy suave y se sentía bien contra la piel, así que me tarde frotándola contra mis brazos, no la tuve que desabotonar para ponérmela. Pase mis cosas del saco de Nicolle al mi saco.
Salí y le entregue la bolsa con el uniforme prestado dentro no tan pulcramente doblado como había encontrado el mío.
- ¿Puedes firmar aquí? - pregunto señalando un libro enorme, escribí rápidamente mi apellido con el remedo de letra cursiva que tenía junto con la fecha.
- Gracias - dije caminando a la puerta.
- Hasta luego.
Camine por el mismo sendero dándome cuenta que todo estaba demasiado silencioso, más de lo que había estado todo el día. Saque mi celular del saco y mire la hora: ¡Seis con cuarenta y cinco minutos! Camine apresuradamente a mi edificio cuyas puertas no querían abrir al inicio.
Camine por los pasillos sin un alma, girando a la derecha y a la izquierda, no lo podía creer, por andar frotando la camisa contra mis brazos me había quedado encerrada en Azkaban! En mi antiguo colegio a la hora de la salida siempre había alumnos rondando por los pasillos, pero aquí, ¡no había nadie! Aunque claro, aquí nada era como se suponía que debería de ser.
Seguí caminando, tratando de controlarme y de razonar, me pegue a los cristales de las puertas de los salones para poder ver que las persianas de las ventanas del otro lado estaban corridas, así que tampoco podía ver nada. Exhale una queja y seguí por aquel laberinto de ratas y ahí solo había una rata y esa rata era yo. Vi unas puertas a lo lejos y apresure el paso para abrirlas, me encontré en la cafetería, camine al otro extremo, las puertas estaban cerradas. ¡Ja! ¡Que  lógica! ¡Dejas unas abiertas pero otras las sierras! Regrese a las puertas por las que había entrado abriéndolas de sopetón.
- ¡Bu! - susurro, sentí un espasmo en el pecho, quería gritar, pero nunca había sido buena gritando así que me ahorre la pena, seguí caminando haciendo como que no me había dado un colapso interno. ¿Saben? No es gracioso, me pudo dar un infarto-. ¿Sigues enojada? - pregunto caminando detrás de mí. ¡Mierda! ¿Cómo lo adivinaste? - ¿Alice? - pregunto de nuevo-. Alice! -llamo tirando de mi muñeca y jalando para que girara, sentía el ceño profundamente fruncido cuando vi su mano cerrada y apretada en mi muñeca.
Nunca habían usado la fuerza conmigo y me asusto que lo hiciera, estando yo solo, aparentemente, con él. Sentía que los ojos se me iban a llenar de lágrimas cuando vi los suyos  fríos. Sentía en el pecho frio y respiraba apresuradamente.
- Nunca, en tu vida, me vuelvas a ignorar, Alice - dijo, tire de mi mano para zafarme de su agarre, pero en lugar de zafarme solo logre que me apretara más, para jalarme contra sí, me estaba doliendo. Inhale profundamente al notar que si quería conservar la dignidad lo que tenía que hacer era mostrarme igual de dura que él.
- Yo soy muy capaz de ignorarte si se me pega la gana - dije tirando de mi mano de nuevo, pero la suya se convirtió en un torniquete.
- Te he preguntado si sigues enojada - yo estaba viendo como mi mano se torcía para soportar su presión y comenzaba a hormiguear -Respóndeme-, dijo jalándome una vez para alzar la mirada a sus ojos. Soy muy capaz de patearlo y convertirlo en ella. Enarco las cejas y paso su lengua por sus muelas.
- ¡Suéltame! - exigí.
- ¡Respóndeme! - alzo la voz, tomando mis dos brazos y apretándolos con fuerza.
-  No me hagas nada - dije haciendo que mi voz sonara como el tono de su voz aunque estaba aterrada y dejando en claro que temía que me hiciera algo, como violarme.
- No te pienso hacer nada - dijo, me miro de abajo hacia arriba-, para empezar no me gustan las pelirrojas y no soy un violador - puntualizo soltadme, me apresure a dar un paso atrás, acomode mi saco mientras lo miraba con desprecio.
- Este enfermo, Pechir - dije arreglándome las mangas del saco.
- Ya te dije. - dijo mirando los casilleros, apreté los dientes, regreso la mirada a mí-. Solo, no vuelvas a ignorarme, Alice- dijo haciendo un ademan con una mano, ya que la otra la tenía en el bolsillo de su pantalón.
Puse los ojos en blanco, comencé a alejarme por el pasillo. ¡Tengo! ¡Tengo que salir de aquí! Atrapo mi mano esta vez, gire asustada.
- La salida es hacia el otro lado - dijo sonriendo, giro para caminar conmigo de la mano, su tacto me desagradaba, así que jale de ella, cruce mis brazos sobre el estómago y camine detrás de él. Me llevo hasta unas pesadas y enormes puertas de madera oscura. Se veían viejas.
Afuera el sol brillaba en un lindo atardecer, este estacionamiento era mucho más grande que el de esta mañana. Había una reja enorme de metal forjado empotrada a unos barrotes gruesos en punta color negro, la reja formaba una M y una W de alguna forma entrelazada. Ahí, había mucha actividad de alumnos partiendo a pie, en motos croses, cortes más que nada niñas, cuatrimotor, coches que iban desde unas carcachas mortales hasta coches último modelo, coches negros de vidrios polarizados se detenían por ellos afuera de la reja o entraban por ellos hasta donde estaban, y otros esperaban impacientes.
- ¿Por qué eras el único dentro del colegio? - pregunte viendo un coche negro ahí enfrente.
- Les pague para que me dejaran a solas contigo y poder violarte… pero eres demasiado lista - respondió con naturalidad, la mirada se me crispo.- No seas boba, Alice, regrese a buscarte - enarque las cejas.
- Que considerado - dije sarcásticamente.
- Lo sé, una de mis cualidades - enarque aún más las cejas.
Recorrí con la mirada el patio hasta que un borrón rojo cereza me llamo la atención. Al otro lado estaba mi madre hablando con Nicolle que de vez en cuando sonreía y le tocaba el brazo a mi madre como si fueran viejas amigas, sonreí.
- Tu mama se parece mucho a ti- comento.
- No - susurre-, ella no se parece nada a mí - dije viéndola. Ella hace que el sol salga solo para ella. Suspire. Mire mi hombro derecho notando que me faltaba mi mochila y mis libros.
- ¿Qué? - pregunto, gire para verlo.
- Se me olvidaron los libros.
- ¿Quieres regresar por ellos?
- ¿Para qué? ¿Para que esta vez sí me violes? -, me miro enarcando las cejas, negué sonriendo un poco, aparte la mirada.
- No, está bien.
- ¿Que vas hacer?
-¿Sin libros? Supongo que no tengo debe...
- No, me refiero sobre lo que harás para evitar...- dijo lentamente dejando incompleta la oración. Suspire cansada de que él se empeñara en hablar de eso. Ay, Alice, dos veces no es empeñarse...
-¿Qué quieres que haga, Alexander? - pregunte girando completamente para verlo-. ¿Qué puedo hacer? He hecho todo lo que está en mí, para evitarlo, creo que es justo que sufran un poco, ¿no crees? - recargue las palabras con ironía.
- ¿Qué? ¿Es aquí donde me rio?
- Como manejes tu sentido del humor, es muy tu problema. Yo no puedo hacer nada.
- Siempre se puede hacer algo.
- ¡No! - dije exasperada. Genial, Alexander, has hecho que pierda los estribos. Aparte la mirada, cerré los ojos un segundo y tome aire lentamente-. Alexander, entiende... - dije abriendo los ojos y mirándolo-, Cuando esto suceda no poder hacer nada, porque yo ya no voy a estar - cerré los ojos al apartar de nuevo la mirada, dándome cuenta de la realidad.
- Creo...
- Tú te puedes guardar tus creencias para ti mismo, a mí no me importan - dije viéndolo una última vez, camine hacia mi mama a paso normal. Cuando llegue cerca de ella, vi en el interior del carro y encontré en el asiento delantero mis libros y mi mochila, suspire con alivio. Me preocupaba haberlos perdido.
- Hola - dije sonriendo un poco.
- Señorita Fontain, que bueno que llego, estaba a punto de mandar a alguien a buscarla - respondió Nicolle. ¿A penas?
- Tuve algunos problemas para encontrar la salida.
- ¿Alguien la ayudo?
- No, la encontré yo sola, fue una interesante inspección a los lugares que no me mostraron del edificio.
- Siento que le dieran un pésimo recorrido por las instalaciones.
- No se preocupe, pero sería mejor que Gabriela de la Parra se encargara, es una excelente guía - dije recobrando la sonrisa al mencionarla.
- Lo tendré en cuenta, gracias.
- Tenemos que retirarnos, señorita Nicolle - anuncio mi mama justo a tiempo. Nicolle asintió sonriendo-. Hasta luego - sonrió ella.
- Hasta luego - dije yo al tiempo que abría la puerta, Nicolle la cerró por mí-. Gracias - dije después de bajar el cristal.
Cuando salimos del colegio me recargue en el asiento y exhale pesadamente, me moví a la derecha para tomar el cinturón de seguridad y abrocharlo. Buda... Que día me diste. Mañana usare a Jehová, a ver cómo me va con él.
- ¿Cómo te fue el primer día? - pregunto mi mama.
- Eh... Bastante bien.
- Eh... - se burló de mi-, ¿segura?
- Bueno, al parecer no son bastante calurosos en sus bienvenidas, pero me fue bien.
- Creo que es un buen colegio.
- Y tiene una buena directora, que te cayó muy bien.
- Si... Es bastante joven para ser directora - frunció el ceño al pavimento.
- Tu eres bastante joven para tener una hija adolescente, pero así es la vida - sonreí, ella también.
- Vida, es muy buena a veces - susurro mi mama. La mire mientras manejaba y asentí para mí misma.
A veces, me repetí.
Después de cenar, tenía hambre, una gran novedad, subí a mi cuarto a quitarme el uniforme por unos pants de rayas amarillas y moradas junto con una camiseta color morada de tirantes gruesos. Busque con la mirada unas pantuflas en el closet, pero no encontré nada.... Así que me hice de unas delgadas sandalias blancas. Diré que aparte de moribunda, soy daltónica.
Encendí la computadora mientras entraba al baño a cepillar mis dientes, tome mis medicamentos, cepille mi cabello y cuando salí, la computadora estaba lista para usarse.
Abrí una página de Hotmail, teclee rápidamente mi correo y la contraseña.
De: Alice Fontain.
Para: Dr. Erick Manseen.
Asunto: Hoy.
Hola, ¿cómo has estado? Bueno... Pues este es el correo que de seguro has estado esperando todo el día, estoy perfectamente bien, pero... Sufrí un ataque de asma, no fue nada grave, me repuse en seguida. ¡Casi se me adelanta la fecha! ¿Sabes? Se vale reír de vez en cuando a sus espaldas.
Te pido, por favor, que no comentes nada sobre esto a mis padres, ya que por primera vez quiero usar mi derecho de confidencialidad. Buda sabe lo que puedan hacer contra el colegio, así que... Guarde el secreto del paciente, Doctor.
Me entere sobre Alma, ¡en hora buena, hombre! Comenzaba a tener serias sospechas sobre tu forma de reproducción, pensé que eras asexual.  Obviamente nunca pensé que fueras homosexual, porque ellos tienen muy buen gusto y tú pareces... Querer ahorrarte el dolor del rechazo.
Eh... Bueno eso es todo, misión cumplida: ¡hoy no morí! ¡Uh!
Sonríe, Zombie, es gratis.
Le di enviar y suspire, una ventana de MSN con un gigantesco hola, apareció, pero la cerré. No tenía ganas de hablar y mucho menos por chat, solo quería que hoy terminara, así que apague la computadora y me lance a mi cama rebota dando dos veces.

No había sido un día perfecto...






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