lunes, 17 de diciembre de 2012

II. Capítulo. Sueños.



¿Alguna vez has soñado? Seguramente que si... Los sueños te muestran cosas, siempre cree en tus sueños y pero no olvides que son eso...sueños.
- Se llaman premoniciones - dijo Katherine, caminábamos rápidamente por una banqueta mojada con edificios de ladrillos rojos, el agua discurría rápidamente a lado de nosotras. Katherine llevaba un impermeable negro, se veía como una niña pequeña y su voz se escuchaba como la de una adulta.
- Katherine, los sueños no son premoniciones, solo nos muestran nuestras preocupaciones, son creaciones de nuestra mente - comente viendo donde ponía los pies, ahora el agua discurría por la banqueta que se inclinaba en un ángulo peligroso, íbamos encontrar de ella.
-¿Y qué me dices de los Déjà vus? - pregunto en tono desafiante.
- Tu cerebro capta la escena antes que tu vista y cuando lo procesa como una parte del cerebro ya la había percibido, crees que ya lo habías vivido, pero en realidad no.
-¿Por qué no simplemente dejas de encontrarle una respuesta lógica a todo lo que hay?
- Porque si no hubiera respuesta lógica, no existiría, es cómos si no lo vieras.
- Que no lo veas no significa que no existe - susurro, de pronto me encontraba sola en un lugar con pequeñas graneros de madera vieja y mohosa, yo diría más bien que eran bodegas que se extendían a la vista.
Alce un pie para salir de aquel lugar que olía a podredumbre, pero estaba atorado en un viscoso lodo, inhale profundamente y con todas mis fuerzas alce mi pie, de nuevo, para alzar el otro y dirigirme a una de las bodegas que tenía sus puertas corredizas abiertas de par en par.
Olía a basura, fruta podrida y mierda de animales, mi boca se lleno de saliva y al inicio de la garganta sentía una bola de mi comida dispuesta a salir, me lleve una mano a la boca para que una horcada me doblara, mis ojos estaban llenos de lagrimas por el esfuerzo, sentía el estomago pesado.
Una mosca me paso zumbando la cabeza y la aparte de un manotazo, me enderece para caminar de regreso a la salida, pero estaba afuera, se disponían a cada lado cientos y cientos de puestos básicos de madera, el lodo se había convertido en agua sucia y asfalto manchados de sangre, mis botas estaban llenas de ella.
Me aparte de un salto, sentía el grito atrapado en mi garganta junto con el vomito, di un paso hacia atrás y mi espalda golpeo con algo, al girarme para disculparme encontré el cuerpo de un cerdo sin cabeza y abierto en canal, el miembro faltante estaba sobre la mesa del puesto, con la boca cerrada y los ojos blancos. Salte de nuevo al rio de sangre para alejarme de ella, mis botas en lugar de agua encontraron lodo, lo que me hizo resbalar sobre él, mis manos se cerraron en torno a él atrapando algo que se movía. Al mirarme, las manos estaban cubiertas de gusanos pequeños y blancos con cabeza negra. Salió un sonido goteral de mi garganta al verlos moverse para encontrar una entrada a mi cuerpo, me alce agitando las manos para que cayeran de ellas.
Mis ojos lloraban, sentía mi cuerpo entumecido, todas las extremidades entumecidas, sentía un temblor y hormigueo en la punta de los dedos, el calor en el fondo de mi pecho que se iba disipando para convertirse en un frio sobrecogedor al darme cuenta que estaba en un matadero, rodeada de animales que desgarraban sus gargantas en bramidos desesperados mientras los degollaban y recogían su sangre con ollas oxidadas.
Corrí con todas mis fuerzas hacia enfrente, mis pies se movían con tanta ligereza que constantemente caía al suelo de rodillas, los gusanos se removían dando colazos en el lodo para alcanzarme, me levantaba y corría de nuevo para escapar de ellos, al final del extremo no había salida, simplemente una viejecita sudada con un pañuelo en la cabeza de mata blanca, el suéter marrón lo llevaba arremangado y las manos las tenia cubiertas de sangre y algo amarillo, sus uñas estaban rotas. Sobre un circulo de madera con un enorme cuchillo manchado de negro se disponía a cortar pescados, quitándoles la cabeza de un cuchillazo y tirándolas al otro extremo de la mesa, el cuerpo lo aventaba a una canasta de la que escurría un liquido amarilloso. La señora azotaba los golpes con una fuerza y violencia que hacían eco en mí, se rompía el círculo de madera con cada cuchillazo lanzando astillas a mi rostro.
-¿Por qué no tomas leche? - susurro en una voz joven como la de una niña pequeña. Asentí y camine por el vaso de cristal lleno del liquido blanco, cerré mis ojos, sentía un hormigueo en la nuca, algo no estaba bien.
- Quiero salir de aquí - dije de una forma lenta, estaba molesta, sentía la ira recorrerme.
-¿Por qué no tomas leche? -  pregunto la señora. Vi el vaso de mi mano y me lo lleve a la boca, el liquido primero dulce se hizo una pasta agria en mi lengua y se convirtió en cientos de colas intentado perforarla. Los sentía moverse, escupí y de mi boca salió sangre mezclada con gusanos, haciéndome dar arcadas una tras otra hasta que me tranquilice.
Desperté aferrando el edredón con las uñas clavándose a mi piel, tenia los labios apretados al interior de mi boca clavando mis dientes con fuerza en ellos, el ceño se surcaba profundamente, los parpados cerrados con fuerza y un temblor me azotaba. Trate de normalizar mi respiración, el corazón martilleaba y el miedo me aprensaba. Me lleve una mano a los ojos para frotarlos y poderme relajar un poco.
Había sido una pesadilla, una pesadilla, una simple pesadilla...
Exhale un profundo suspiro y abrí los ojos, esta vez había dormido más de la cuenta. El sol se alzaba en su cenit, en el centro del cielo.
Me levante de la cama, echando el edredón al suelo, tome un pantalón y una camisa de manga larga, blanca y cuello en V para meterme al baño.
Abrí la llave para que el agua caliente saliera, adentro de la bañera agache mi cabeza y el agua golpeo mi columna en un relajante masaje. Con el champo de manzana, se comenzó a disipar la pesadilla y después de ponerme mis cómodos converse color pistache y una mascada del mismo color alrededor del cuello me sentía mucho mas tranquilla e incluso algo alegre.
Baje las escaleras a saltos suicidas y abrí las ventanas de madera de la cocina de un sopetón.
-¡Bu!- grite tan pronto como las abrí, mi madre dio un salto aferrando el cucharon con fuerza.
-¡Ay!, ¡Alice! - exclamo después de verme, sonrió y regreso la cabeza meneándola de lado a lado.
-¿Cómo tendrás la conciencia? - canturrie mientras saltaba a la puerta de la cocina. Con ellos siempre trataba de aparentar una palpable felicidad, no necesitaban a una Alice enferma, moribunda y resquebrajada.- Y, ¿mi papá? - pregunte cuando me senté enfrente de una ensalada de frutas.
- Se tuvo que ir, linda, ya sabes... La empresa - asentí y tome un trozo de melón con los dedos.- Usa los cubiertos - dijo sin siquiera voltear. Asentí al tiempo que tomaba el tenedor e insertaba un pedazo de papaya, metí mi mano entre mi caballo y comencé hacer círculos en mi cráneo.
- Tuve otra pesadilla - dije apenas en un susurro, viendo la fruta.
-¿Quieres medicamento? - odiaba los medicamentos, odiaba las inyecciones, odiaba las intravenosas, odiaba la medicina.
- Mamá, no es como si te estuviera diciendo que sufrí un ataque mientras me duchaba, me están atormentando...
- Tal vez si me hablaras de ellas... O si hablaras con un profesional sobre ellas - sugirió, alce la mirada del plato a ella, estaba frente a mí, recargada a lado de la estufa, mirándome con consternación como siempre.
- Otro profesional me va a dar más medicamentos, más pastillas, tranquilizantes que lo único que van hacer es alargar las pesadillas -. Alterar un poco mas mi condición mental, quería agregar.
-¿Y si escribes sobre ello? Sé que no se te da eso de escribir... Pero tal vez funcione, puedes describir que sientes cuando estas pesadillando - doblo un poco sus rodillas y sonrió, sonreí de vuelta con una leve carcajada.
- Tal vez funcione - dije después de considerarlo un momento.
- Un diario de todo lo que se te ocurra.
- Está bien -, ¿Por qué no? Dejar algo escrito sobre mis días... No sonaba nada mal.
- Alice, termina de desayunar, iremos al pueblo a recoger tu uniforme - aviso mientras apagaba la estufa y tapaba la comida.
-¿Uniforme? - pregunte medio atragantándome con un Kiwi.
- Si, un hermoso uniforme de falda hasta los talones y camisa de cuello alto con corbata - sonrió, la mire estupefacta. En mi antiguo colegio no usábamos uniforme.
- Espero que estés jugando.
- Espero que estés lista en cinco minutos - sonrió un poco mas saliendo de la cocina. Me termine la fruta mientras terminaba mi jugo porque cuando mi mama decía cinco minutos se refería a dos y medio. ¿Algún día me daría diez minutos?
Camine con dinero en las bolsas del pantalón, inhalador y el celular estancado en un bolsillo delantero del mismo, entre al carro negro, cerré la puerta al tiempo que mi mama lo encendía.
Cuando elegí la escuela estaba medio sedada en mi cama con un episodio suicida de depresión, acabábamos de llegar del hospital con la nueva de que todos los experimentos con mi cuerpo, con el cuerpo de mi madre y el de mi padre habían sido en vano. Lo único que podían hacer por mi era alargar mi vida por seis o siete meses más. Recuerdo que recostada, drogada y suicida mis padres me trajeron un montón de folletos de escuelas, fingí leerlos, fingí considerar mis opciones, entonces escuche el eco de la voz de mi papa: "estos son folletos que escogieron tus abuelos y estos son los que escogimos nosotros", vi su mano larga y delgada señalar la mitad y la otra mitad mientras hablaba. Escogí el primero de la mitad que habían escogido mis padres, si mi abuela Josefina había metido su naricita no era buen augurio.
Sonreí al pensar la palabra augurio, y me fui despertando de mi ensoñación.
El centro del pueblo era mágico, suspendido en el tiempo, en la época de la colonización con casas pintadas de blanco y rojo, techos bajos de doble vertiente de madera y teja roja. Había grandes farolas que habían sido renovadas para que funcionaran con electricidad y no con velas, las calles estaban adoquinadas, estrechas aun así conservaban el toque europeo con los restáureles y sus mesas a fuera forjadas en metal, sombrillas blancas y grandes. Las tiendas de ropa se veían caras, tal vez por los nombres o porque los precios en euros quemaban la retina de los ojos al verlos.
Mi madre estaciono el carro en un hueco de la calle entre un jetta negro y un safari blanco. Cerramos la puerta al mismo tiempo, camine hacia ella, se coloco la bolsa al hombro, después de mirar un segundo la calle casi desierta comenzó la caminata a la derecha.
Entramos a la tienda de grandes ventanas al frente con maniquís de rostros blancos vestidos con uniformes demasiado parisinos, tenia parasol color rojo amorotonado que llevaba el nombre del negocio en letras blancas y cursivas.
Mi mama abrió la puerta de madera que hizo sonar una campana dorada avisando nuestra entrada. Mire la tienda con escrutinio, olía bastante bien, a madera vieja cuidada, de hecho el piso era de madera vieja de un pesado café, había cientos de percharas con uniformes grises, rojos, azules, verdes. Sobre un maniquí masculino había un uniforme de pantalón caqui y camisa polo azul cielo, se veía moderno y cómodo.
Si mi uniforme era caqui me pondría suicida otra vez.
Detrás de un mostrador de cristal que exhibía calcetas, blasones, botones, mancuernas y boinas, una señora de cabello blanco y anteojos de armazón dorada alzo la vista.
- Bienvenidas - dijo en una cálida con sonrisa-. ¿En qué les puedo ayudar?
- Venimos por el uniforme de Roses&Marie - dijo mi mama dando un paso enfrente, la seguí por acto reflejo.
-¿El nombre del alumno? - pregunto la señora inclinándose debajo del escritorio.
- Alice - respondió mi mama, la señora saco un libro y lo puso sobre el mostrador.
- Un nombre poco común en España - comento abriendo el libro rojo. Uf, si escuchara el otro, pensó mi fuero interno.
Definamos a mi fuero interno como la parte masculina de mi mente sembrada por mi padre en los años que mi mama terminaba la carrera, es un muy sarcástico, serio y preciso... Como mi papa, salvo que mi papa no es sarcástico, eso fue un toque especial de mi parte.
-¿Segundo semestre? - pregunto viendo a mi mama sobre las gafas.
- Si.
-¿Me permitiría la nota? -. Rebusco en su bolsa para sacar un frágil pedazo de papel doblado en un cuadrado perfecto. La señora lo desdoblo, lo metió en el libro que cerró al tiempo que giraba y tomaba una caja de aspecto liviano color blanco, la puso sobre la mesa. - Supongo que tu eres Alice - comento sacando una camisa de manga larga que se veía esponjosa.
- Si, ese es mi nombre - respondí sonreí.
- Te han escogido el mejor colegio de todo Santander - dijo tomando algo que estaba en la parte de abajo de la caja.
- Como Santander es tan grande - susurre con sarcasmo inevitable.
- Disculpa, pero no te he logrado entender con claridad... - comento con tono amable.
- He dicho que estaba segura de que Santander es incomparable en educación... Claro, que esto se debe a Roses... - sonreí, la señora asintió sonriendo de vuelta.
- Al menos la tela es de un material decente - susurro mi mama cuando la señora salió del probador para atender a alguien que acababa de llegar.
- Me siento ridícula - cante en la última parte de la palabra, estaba en una habitación de espejos, parada en un banco de madera con alfileres encajados en la tela cerca de partes muy intimas, los espejos brillaban con la luz de los focos.
El uniforme no era tan feo, era de un azul cobalto tirándole a negro, con una falda cuadrada que debía llegar abajo de la rodilla pero me llegaba a mitad de las espinillas así que la señora lo estaba arreglando. La camisa de manga larga estaba almidonada, por eso se veía esponjada, tenía mancuernas en las muñecas con alas a los extremos. Tenía un chaleco con cuello en V que se abatanaba al frente, los botones eran plateados, un saco con los mismos botones del mismo color con tela lustrosa en los puños y en el cuello. El escudo de la escuela era una M entrelazada a una W bordada en hilo dorado, arriba tenía una pequeña cruz blanca y abajo una flor de tres pétalos roja, tenía un halo de flores blancas con corazón amarillo, había un ramo de delgadas hojas verdes con flores blancas a cada lado que tocaban el halo y se unían debajo de las restras en equis.
- Controla tu mirada, linda - dijo sonriendo.
- No puedo creer que me vayan a obligar a usar blasón - susurre mientras veía el circulo negro que se encajaba a un listón azul y estaba depositado sobre la caja.
-¿Sabes cuáles son tus horarios? Me refiero a los básicos, entrada y salida.
-¿Siete de la mañana a tres de la tarde? - pregunte.
- Siete de la mañana a seis y media de la tarde - sonrió - y no tienes tolerancia de cinco minutos.
- Esto va a ser una ostra enorme - sonreí, movió la cabeza mientras veía las calcetas.
- Soy diseñadora de modas, me gradué de la Academia de Diseño en el 2005, ¿cree que no voy a saber si está cortado mal una falda? - mi mama llevaba cinco minutos supurando su veneno por la señora que había cortado de mas mi falda aunque el resto del uniforme me había quedado bastante bien. Estábamos sentadas esperando los zapatos de la escuela que debían de ser iguales para todos.
Esto no era la típica escuela que al menos dejaba que mostraras tu individualidad escogiendo los zapatos que más te agradaban. No veía el caso de que quisieran que fuera a la escuela... No serviría de nada.
- Alice, sabes, ve a ver qué encuentras porque si esto me está aburriendo a mí, no sé cuánto te esta aburriendo a ti -. Me entrego dinero y salí un tanto disparada a la calle.
Camine toqueteando los ladrillos con la punta de mi dedos, el aire corría fresco con una pisca de sal de mar. ¿Estaría lejos? Me gustaría verlo, hacia mucho que no veía al Mar.
Encontré de pasada una librería, eran estanterías acomodadas paralelamente a un escritorio de madera oscura atrás del estaba una chica con aspecto cansado y aburrido leyendo una novela con espejo en la portada, el lugar estaba adornado con una alfombra pesada de un blanco mas como café ahora. Olía a lilas, canela y manzana, un olor raro para una librería, la chica medio bufo a la novela y luego puso los ojos en blanco, cambiando de hoja, cuando me vio sonrió y me hizo un ademan para que pasara.
Camine por las estanterías alejándome del mostrador cada vez más, la mayoría eran libros viejos, otros era nuevos con palabras viejas y otros eran nuevos con muchos chiches de palabras viejas que habían tenido éxito en su tiempo. Encontré ejemplares como Romeo y Julieta, Cumbres Borrascosas, Orgullo y Prejuicio, Sentido y Sensibilidad, Hamlet, intactos, inmaculados en plástico, libros que había leído y cuyas palabras no habían logrado enamorar como a muchos. El pasado en el pasado y el futuro en mi presente, pensé.
Me tropecé con el pliegue de la alfombra, recargue una mano en la estantería automáticamente para evitar caerme, esta se movió haciendo que libros de la parte superior me cayeran en la cabeza, cuando note el primero trate de evitar los siguientes en vano porque cayeron uno tras otro sobre mí.
Después de bufar un poco, me puse de rodillas en la alfombra para poder recogerlos, los apile uno sobre otro sin antes mirar su contenido. Uno me llamo, era de pastas gruesas de cuero sin título en ellas, mire el interior y estaba vacío. No había visto nunca un libro así... Encuadernado en cuero que no fuera de la escuela, con hojas tan delgadas y blancas como el pergamino, casi transparentes.
-Necesito un diario - susurre.
Me levante, trate de acomodar los libros, fui al mostrador y pague a la chica.
-No leas nunca un libro por su portada - dijo mostrándome un libro con aro de fuego que no alcance a examinar bien.- Las mejores portadas no son necesariamente de los mejores libros - enarco las cejas mientras me daba un ticket junto con un circulo plateado.
- Gracias - dije sonriendo abiertamente, al girarme la sonrisa se me cayo de los labios. Vi la bolsa de plástico transparente y crujiente mientras salía de la calle, doblando la esquina.
Se me ocurría que podía comprar unas flores para la casa... Unos tulipanes rojos para mi mama y unas rosas blancas para mí, pero en lugar de una florería encontré una cafetería. Quería un cappuccino con una carga extra de café y un moffin con sabor a licor y mantequilla.
Sentía un nudo en la garganta al detenerme enfrente de los enormes ventanales, no... Lo que sentía era lo que pasaba, no podía respirar, me rebusque los bolsillos del pantalón hasta encontrar algo duro y en forma de L. Me lleve el inhalador a la boca, el oxigeno entro en tropel a mis pulmones, una, dos tres veces tuve que pulsar el inhalador.
El mundo siguió caminando e hice como si yo nunca me hubiera detenido. Vi el interior de la bolsa de nuevo y vi el circulo plateado, lo tome, era una cubierta de chocolate sobre una tableta de menta blanca y fina. La boca se me derritió al abrirlo, abrí la puerta de la cafetería y el sabor me inundo junto con el olor a café, canela y ruido de cubiertos al tocar los platos.
Una joven que movía lo hombros al ritmo de la canción de Brandon Flowers, Crossfire, me recibió, la joven era de tez aceitunada y bronceada, de grandes ojos azules como el cielo, cabello de un café que se iba atenuando  hasta llegar al rubio opaco en mas allá de las puntas y quebrado, de largo hasta la mitad de su espalda, tenía unos dientes blancos, la vi sonreír como treinta veces en un lapso de cinco segundos a los clientes que la rodeaban.
El mostrador de madera clara con una gran registradora cromada, de las antiguas, estaba invadido por stikers de sombreros, banderas de Inglaterra y nombres.
-¿Que te puedo ofrecer? - pregunto cuando me acerque, hice como que veía las pizarras.
- Me puedes dar un cappuccino con carga doble de café - me miro un segundo, parpadeo, sonrió y asintió.
-¿Eres nueva, cierto? Pareces nueva, no parece que eres turista porque los turistas tienen esa cara de no pertenezco aquí y tú tienes cara de tengo que pertenecer aquí - dijo abriendo y cerrando, jalando palancas tan rápido como hablaba.- ¿A qué escuela iras? – Pregunto girando para verme con mi café en sus manos.
-A Roses&Marie – respondí sonriendo y viendo el cappuccino aun en sus manos.
-Eres de primer año… debes de ser de primer año porque no te ves mucho mayor que yo…
-Soy de primer año – dije viendo mi café.
-Lo bueno es que llegaste antes de que terminaran las vacaciones, es muy difícil ponerse al corriente después.
-Me lo imagino…
-Pero que mal educada de mi parte, me llamo Gabriela de la Parra - dijo extendiendo una larga palma con largos y delgados dedos.
- Alice Fontain - respondí tomando su mano, sonriendo y  ladeando un poco su cabeza.
- Bienvenida.- Dijo enarcando sus delgadas y bien definidas cejas, brindándome una gran sonrisa y dándome el café-. Va por mi cuenta como regalo de bienvenida.
-No… no puedo aceptarlo gratis… no quiero parecer grosera pero… -comencé tratando de no tartamudear. Lo cierto es que esta chica hablaba con tono jocoso, divertido, me agradaba su presencia.
-Okay... Pero el próximo tu me lo tendrás que invitar - dijo sonriendo y haciendo que sus ojos centellaran, terminando la frase que había dejado incompleta.
- Por supuesto - acepte sacando dinero para pagar el cappuccino.
Salí de ahí con el café en la mano, emanando un calor agradable pero desconcertante por el tiempo que hacía, el chocolate lo había dejado caer adentro de la bolsa con apenas una mordida.
Suspire tratando de aflojar un poco el nudo en mi pecho. Gire la cabeza hacia atrás, para ver que había más allá de la cafetería, planeaba rencontrarme con mi madre que seguro estaba preocupada o ya me había voceado por el radio, seguí mirando los demás locales mientras caminaba de regreso a la zapatería cuando algo se estampo con un golpe seco contra mí, gire el rostro al frente abriendo mucho los ojos en sorpresa, pero todo fue un borrón, perdí el equilibrio, sentí el dolor de la quijada por el impacto, la cadera dolió junto con los nudillos al caer a la acera, estos cerrados entorno a la bolsa de plástico se golpearon con fuerza como al tocar una puerta con desesperación, la mano que llevaba el café lo aplasto contra la acera, enviando punzadas por los huesos de la muñecas. Cerré los ojos fuertemente y apreté la quijada y no fue que hasta el dolor se me paso que reclame.
-¡Fíjate! - dije en tono agrio, ya levantándome aun con los ojos cerrados. Estúpido objeto.
- Lo siento - respondió, fue por la voz demasiado sofisticada y por el hecho de que estaba en el suelo por su culpa que abrí los ojos para verlo. El chico tenía un aspecto raro, sus ojos eran grises, su rostro bajaba anguloso en los pómulos y en V en la barbilla, su cabello era de un gris piedra, su piel tenía un tono dorado y pálido a la vez por la poca exposición a la luz del sol, era alto, de hombros cuadrados y espalda pequeña. Tenía pinta de niño rico. - Pero la que se debería de fijar, eres tu - dijo en tono severo, extendió su mano, mis nervios se crisparon.
- Yo puedo sola - escupí, mirando con desprecio la mano y al sujeto, me enderece rápidamente tomando la bolsa, camine con paso veloz a la esquina.
- ¡Oye! Espera! - grito desde atrás, pero no me detuve y rogué a Teluhu y desee por Kovethe no tener aspecto ridículo, ni estar manchada.
Que chico con aspecto más raro y más mal educado, había sido tan grosero y ni siquiera me conocía... Entre paso y paso, sacudiendo las gotas de café que caían en la acera dejando puntos oscuros, su rostro se me fue olvidando y era difícil olvidar un rostro así... Ya ni podía recordar de qué color era su cabello. ¿Rubio? ¿Era rubio o tenía el cabello negro?
¡Que más me da!
Cuando llegue a la zapatería, el señor que atendía me dijo que mi madre había salido de ahí y había ido hacia la izquierda, lo que significaba que había ido dirección contraria a donde se encontraba el coche.
Fui observando tienda por tienda su interior, la encontré en la boutique Elba, una tienda que tenía que tener las luces encendidas del interior porque este era oscuro.
Mi madre estaba enfrente del espejo, ladeando un poco la cabeza hacia la derecha y con una prenda contra su cuerpo. Se veía pequeña contra la luz clara de los focos, su pequeña figura contrastada con su cabellera de un rojo cereza y abundante, sus ojos de un tamaño promedio se veían grandes por las espesas pestañas negras que les rodeaban haciendo más potente su color verde hoja claro. Algunas veces se veían oscuros por la ropa que usaba. Su piel era blanca sin ninguna imperfección, sus manos eran delgadas, de dedos largos y palmas pequeñas, era alta, todavía no la rebasaba, le llegaba a la sien. Tenía una pequeña y fina nariz, con unos labios de un rosa rojizo increíble, el inferior era más carnoso que el superior.
Mi mama era delicada a pesar de que era pelirroja, a veces lo olvidaba.  Se veía sana, brillante, radiante, se veía sana... Siempre era tan dulce... Creía... Tenía la falsa ilusión de que viviría más de lo planeado, siempre me hablaba de historias donde se superan los límites establecidos. Su sueño era que viviera más de lo planeado y como he dicho se vale soñar.
Me acerque a ella, tratando de no tocar la ropa con la mano llena de café, me coloque detrás de ella recargándome en un estante de ropa. Mire mi reflejo un segundo en el espejo y aparte la mirada.
- ¿No me has voceado por el radio? - pregunte sonriendo, alzo la mirada de la prenda y sonrió.
- Linda, que bueno que llegaste... Ya me estaba preocupando por ti - dijo en respuesta.
- O sea... ¿qué no me has voceado por el radio? - volví a preguntar.
- Solo fue una vez - dijo sonriendo un poco más. ¡Solo una vez cada semana! Pensó mi fuero interno.- ¿No te gusta nada?
- Mmm... Se te vería bien esa falda - dije viendo las prendas colocadas contra la pared.
- Me refería para ti.
- Tengo ropa.
- Harapos - me corrigió, solté una leve carcajada cuando camine a la falda.
- Tengo suficientes harapos - sonreí.
Mi madre no era de faldas y vestidos, así que buscamos algo más casual y buscar algo casual en una boutique es un poco complicado. Después de comprar ahí, paseamos por las calles buscando un mercado, era fácil saber si estábamos dando vueltas por el mismo lugar.
Encontramos un mercado orgánico con personas de marcado acento, el mío se había ido desvaneciendo por los viajes y la globalización, me dije con sarcasmo a mí misma.
-¿Alice, vas a querer mas arándanos? - pregunto mi madre sacándome de mi dialogo interno.
- No, ¿por qué? - pregunte apartando la mirada de una esquina.
- Porque te los estas comiendo - explico señalando mi mano, seguí a donde señalaba, tenía un puño en la mano derecha y los dedos índice, medio y pulgar de la izquierda estaban llenos de un tinte morado.
- Ah... Creo que estos si me los voy a comer - dije tomando una canastita de mimbre ante la mirada de la señora que me acusaba de tragona imparable.
De regreso a casa hervimos alcachofas con mantequilla, sal y pimienta que comimos con vinagre de vino tinto y aderezo de naranja y arándano, invención de mi madre. El vinagre no me agrado.... Todo lo comimos acostadas en mi cama viendo una película-musical con la actuación de John Travolta: "HairSpray: Sueltate el Pelo".
Suspire después de comer tres alcachofas, tenía que aprovechar cuando tenía hambre, me estire para tomar la jarra de agua y servir agua cuando mi madre me tomo la mano.
-¿Qué te paso? - pregunto viendo mis nudillos sin piel, dejando al descubierto el musculo cubierto por un liquido amarillento.
- Ah... Me caí - me empujaron adrede, cruzo por mi mente, no... Chocaste con alguien por andar borregueando, corrigió una voz más sensata.
- Se te puede infectar - dijo mi madre mirándome significativamente, asentí, me levante de la cama y camine al baño a la mesa con bandeja de metal.
Saque gasa, cinta, violeta y desinfectante de una pequeña caja que había sobre la bandeja. Después de aplicar la violeta y el desinfectante rodee los nudillos con pequeños pliegues de gasa y cinta. Regrese a mi cama y me avente a lado de mi madre poniendo las piernas sobre su estomago fingiendo que veía la película, aunque me quedaba a cada minuto más dormida.
Quería dormir sin soñar, pero en lugar de eso me lleno una plasta de alquitrán.
Me encontraba en una silla con respaldo alargado y tibia, parecía que llevaba mucho tiempo ahí sentando, a mi alrededor había basura junto con cosas tiradas como pinzas, cuñas, largas dagas, dagas con ojos de brillantes colores grabados en la empuñadura. Me levante porque odiaba la sensación de haber estado sentada por mucho tiempo y al tiempo que lo hacia una sensación de asco embargo todo mi ser, abajo de aquella capa de plateados instrumentos había una capa de cuerpos... Cuerpo plano supurando sangre coagulada, pus y un líquido amarillento y mal oliente.
Trate de mantenerme en pie pero caí de rodillas a la masa que me absorbió al centro inundando mi boca con ella, mi boca, nariz, todo estaba lleno de ella... En aquel momento que trate de gritar alzándome de la masa observe que el cuerpo estaba compuesto de caras que se alargaban en expresiones de profundo sufrimiento. Parecía como si llevaran      que les hacia los cabellos hacia atrás, la vida se les había ido de los ojos, de la cara y solo quedaban rostros con bocas abiertas en un grito con mejillas huesudas, todas pronunciando lo mismo.
- Alice! - en una aguda y penetrante voz, sentía que la capa del cuerpo me abandonaba y caía en picada a la averno. Di un salto en el sueño y un salto a la realidad con la característica sensación de frió que aprensa las muñecas y la razón cuando te sientes caer en los sueños.
Otra vez me habían dejado bien acomodada y arropada en cama. Mire por las ventanas, debían de ser las nueve o las diez y media de la noche y no podía seguir durmiendo así. Frote mi boca, me levante de un salto, después de cambiar mi ropa y cepillar mis dientes, me senté en la silla de rueditas enfrente de la computadora, mire la pantalla oscura, recargue mi cabeza en el teclado y espere a que una idea de que hacer bajara a mi mente, recordé que tenía un diario. Alce la cabeza así de rápido.
-¿Donde lo deje? - me pregunte a mi misma en voz alta-, ¿donde lo deje? - bolsa en la mano, coche, subí escaleras, descorrí mi mano hasta los cajones, los abrí pero no había nada, me incline escuchando el craquear de algo en el asiento, al fijarme note que estaba sentada en la bolsa del diario; lo saque de la bolsa junto con una pluma plateada de punto fino de unos de los cajones.
La tinta era ligera justo como el papel, escribí mi nombre con un leve crujido de hojas, en la primera del libro en blanco.
"Alice Lélek Fontain."
Gire la hoja y comencé en la siguiente.
"Enero 2, 2011.
Libro en blanco... Te utilizare como un diario dado a mis problemas mentales que me hacen dormir poco, comer poco y vivir poco. Creo que debería de comenzar hablándote de mí, para que sepas quien te tendrá, aunque no creo que te importe.
Me llamo Alice Lele Fontain, tengo quince años, naci el 14 de diciembre de 1996 en Madrid, España, mis padres son Fernando Fontain y Susan Dufour. Mis abuelos son Leonardo y Josefina Fontain, Steven y Elizabeth Dufour, tengo dos tías y tres tíos departe de mi padre, una tía de parte de mi madre, tengo muchos sobrinos, sobrinas, primos, primas por los Fontain y ninguno por los Dufour.
Musical... Yo toco el violin y el piano, me gusta ColdPlay, Bat For Lashes, Of Monsters and Men, Slow Dancing Society, Sigur Ros, Those Dancing Days, Lacrosse y I am the Architect, Daft Punk, junto un millar más.
¿Amores? Mmm... Yo diría que el pastel de limón y yo ya somos más que amantes.
No soy buena expresándome de forma escrita, me cuesta trabajo, siento que las palabras que escribo nunca han logrado expresar lo que siento porque mi vocabulario no es extenso cuando lo hago... Debí de haber comprado una grabadora porque tengo tanto que decir y tan poco que escribir, pero para no desperdiciar tus hojas, que por cierto, son muy lindas, haré mi mayor esfuerzo.
Así… veamos que resulta…
Las emociones no las puedes tener porque no son objetos, no puedes poseer algo que sabes que va a cambiar.... Ese es el motivo por el que te tengo... Quiero dejar libre esto que he estado consumiendo, poseyendo como si nadie más lo necesitara. He tenido tanto miedo, tanta desesperación y tristeza en los últimos tres años, siempre creí que las palpitaciones que sentía en el pecho eran por el corazón que seguía latiendo, después comprendí que también estaban estas nuevas animas en mi, son mucho más fuertes que mi corazón, ahora. Las ignoraba porque latía más fuerte que ellas, ellas son los que laten más fuertes que yo y lo seguirán haciendo incluso aunque me vaya... Incluso aunque me quede.
El problema es que tengo quince años, estoy enferma en etapa terminal y solo me quedan seis meses de vida.
Tengo que recordar que el papel no juzga, el papel no habla, solo plasma.
Y no es necesario llenarte con palabras, solo tengo que expresarme... pero en este momento no tengo nada más, lo siento..."
Lo cerré tan fuerte, empujándolo hasta la pared, esto sería muy difícil. Cuando leo las palabras que escribo… no siento que estoy escribiendo en verdad, la lectura debe de sonar a poesía y mis palabras suenan a llanto.

martes, 11 de diciembre de 2012

I. Capítulo. Casa



Cuando era niña solía esconderme en el sótano,  solía correr por las escaleras y buscar un misterio, un gran secreto que tuviera que ver con personajes del Siglo XVI, y en el cual yo sería la protagonista. Pero entre mas buscaba fotos antiguas de personas con enormes vestidos y sombreros de copa que hubieran dejado un terrible misterio que me envolvería, parecía que desaparecía esa posibilidad. No había nada, solo una absoluta normalidad en mi vida y es que nada de él existió en el Siglo XVI.



Enero 1, 2011.

I. Capitulo. Casa.

Lugar donde compartes tus sueños y tus secretos y nunca olvidara.

Mi cabeza descansaba sobre la ventanilla del coche de mi padre viendo como pasaban los arbustos y la línea divisora de la carretera. Todo pasaba tan rápido, tan fugaz como la vida...
Hace seis meses mis padres habían decido mudarse de Madrid a Santander, a este lugar lleno de luz, demasiada luz para mi gusto; yo me había quedado con mi abuela Josefina para despedirme de mis amigos, un adiós...
- Alice, ya llegamos - dijo mi madre justo cuando mi padre se estacionaba enfrente de una casa con reja negra y jardín al frente, una gran casa blanca con techo de teja roja, atrás de ella se extendía un espeso y profundo bosque. Mi padre abrió la puerta del carro, cuando mis dos pies tocaron el asfalto húmedo, por primera vez desde que me lo habían dicho, sentí que en verdad, me quedaban seis meses de vida.
No se me hizo un nudo en la garganta, ni mis ojos se llenaron de lagrimas, una persona no puede luchar contra lo inevitable y si no es dentro de seis meses, seria dentro cuarenta años. Ya estaba resignada a morir, mis padres no lo estaban y lo único que me quedaba era un poco para ellos.
-¿Te gusta, linda? - Pregunto mi padre y en la última parte su voz se quebró,  mire directamente a sus ojos azules.
- Si - respondí, últimamente esa palabra estaba predominando mucho en mi vocabulario.
La primera en entrar a la casa, por supuesto fui yo. La casa por dentro era igual de hermosa que por fuera, constaba de tres pisos... O sea algo muy grande para tres  personas y ya todo estaba amueblado.
La sala tenía grandes sillones de cuero blanco con una mesa de centro de vidrio, la televisión que estaba en una repisa al frente estaba rodeada de fotos, libros y un florero blanco sin flores, el comedor era una larga mesa rectangular de madera de roble con sillas del mismo material de color naranja quemado enfrente del comedor había unas puertas de cristal que daban al jardín de atrás, y la cocina estaba cercada por tres paredes mas, tenía una barra de marfil con ventanas de madera cerradas, a lado había una puerta de vaivén color beis. Todas  estaban en planta de abajo.
Subí a la segunda planta por unas escaleras de cristal que estaban pegadas a la pared, aferre el  barandal de metal plateado mientras ascendía. Fui abriendo puerta por puerta las habitaciones, toda la segunda planta constaba de habitaciones y todas se notaban que serian para las visitas que recibiéramos. La ultima habitación, al fondo del pasillo adornado por una alfombra café claro, era la mía, tome el picaporte de cristal y lo gire.
La habitación era exactamente igual a la que tenía en Madrid, la cama matrimonial pegada a la pared alejada de la habitación, los jarrones sobre las columnas, la alfombra blanca sobre el suelo, las cortinas de un pesado gris sobre las ventanas, el closet blanco a mi derecha con el cesto de mimbre vació  las cajas sobre el closet, la repisa de libros a mi izquierda, la computadora sobre el escritorio con cajones hasta el suelo con la silla de ruedas al frente a lado estaba mi maniquí blanco, que se lo quite a mi madre hace ya bastante tiempo.
El cuarto estaba pintado de blanco por lo que no note la puerta que estaba al lado del escritorio hasta que me acerque.
Lo que no se parecía en nada a mi habitación en Madrid a esta, era el baño que era iluminado por una luz color ámbar. Había una tina con patas enroscadas de cobre y sobre ella estaba una regadera que la delimitaba unas puertas de acrílico transparentes, tenía una larga barra de marfil color chapange con un lavamanos en medio color arena, el espejo llegaba de esquina a esquina de la pared como la barra.
Distribuidos estaban los productos de aseo personal y en la pared alejada había una mesa de bronce con una bandeja de metal, no me tenía que acercar para saber que había sobre ella.
Cerré la puerta, me fije de nuevo en la habitación y note lo que me hacía falta: mi violín, siempre estaba en mi habitación. Tal vez la mudanza lo traería después... Espero, pensé. De pronto la puerta se abrió sin previo aviso, lo que indicando que era mi madre.
-Linda, ¿ya viste el piso de arriba? - pregunto asomando la cabeza para verme.
- No, pero ya voy - dije sonriendo un poco, antes quería ver que escondían las cortinas, ella asintió, cerró la puerta y me acerque.
Corrí una y vi dos puertas de cristal corredizas unidas, baje el seguro y entre abrí una, lo suficiente para que pudiera pasar al balcón que se extendía afuera, al hacerlo me recibió una penetrante olor a bosque.
Había tres sillas de madera de caoba con una mesa en medio de base metálica y supervine de cristal, el barandal era alto, de tubos blancos y el azulejo del piso era brilloso y blanco como el del baño y seguramente como el de toda la habitación.
Me senté en una de las sillas y pegue mi nuca al respaldo y puse mis brazos sobre las braceras, cruce una pierna sobre la otra, y vi las ultimas del atardecer y la primera estrella del firmamento en medio del naranja, el rosa y el azul marino.
Trague saliva y tome aire con la boca, cerré los ojos y empecé a contar, de nuevo. Inhale profundamente y escuche el palpitar de mi corazón frenético, estaba a marcha forzada. Sentí el punzante dolor en mi pecho en el centro, eso se llama miedo.
Me hice consciente del temblor de mis manos, de mi cuerpo entero. El mundo no estaba temblando, la que tiembla soy yo, el mundo no se acaba, la que se está acabando soy yo, el mundo no se detendrá, la que se detuvo fui yo.
Recordé cuando me gustaba dibujar hadas, ninfas, flores, cuando era pequeña me encantaban los cuentos de las hadas, no de hadas... Si no en los que hablaban de ellas. Recordé lo que se sentía que el aire rozara las puntas de mis dedos al girar, lo liviana que podía llegar a ser al saltar, podía volar tan alto o sentía que volaba tan alto.
Inhale profundamente.
Recordé como lo suelo hacer a diario que mi mente era tan madura como no lo era mi cuerpo, aparentaba muy difícilmente los quince años. No era por mi enfermedad, simplemente así era... Mis parpados escocían cada vez que parpadeaba y se hacían tan pesados... Y pronto caí en la inconsciencia,
Llegaba de la escuela, afuera un chubasco azotaba a Madrid y creía que lo seguiría haciendo por un buen rato.
-¡Lélek! - grito a mi derecha, estaban debajo del resguardo de un árbol cuyas ramas se doblaban por el agua, gire mientras metía la llave apresuradamente en el candado de la reja-. Tomas un baño para que no te refríes - asentí energéticamente regresando la mirada al candado y girando la llave para abrirlo.
-¡Nos vemos! - grite sobre el ruido de la lluvia, se despidieron los tres con la mano y dieron la vuelta, cerré la reja y corrí a las escaleras del umbral, metí la otra llave que tenía una forma antigua en la cerradura, gire la llave y entre al resguardo de mi casa que tenía todos las luces encendidas.
Me quite el impermeable negro, las botas negras por el agua, las puse junto con los calcetines ahí enfrente de la puerta, camine descalza hasta la cocina, me quite unas cuantas gotas del cabello.
Al alzar la mirada vi a mis padres sentados a la mesa, mi padre aferraba a mi madre de los brazos y ella tenía la cabeza clavada en su hombro, se agitaba un poco, estaba llorando. Mi sonrisa se borro.
-¿Qué pasa? - pregunte con voz estrangulada, los hombros de mi madre se tensaron y la expresión de mi padre se crispo aun mas, se despego de mi padre y me mostro su rostro, tenía sus ojos hinchados y rojos, había pequeñas manchas rojas alrededor de ellos sobre su piel. Eso le basto a mi cuerpo para que algo cálido al inicio se albergara dentro de él, eso basto para que lo que fue cálido se hiciera más frio que el hielo.- ¿Qué pasa? - pregunte de nuevo, note que mi padre estaba llorando y mis ojos comenzaron a escocer.
Me acerque a la mesa donde había unas hojas blancas por un lado y el teléfono de la casa, tome las hojas que se notaban eran de un hospital.
Mis piernas temblaban, mis manos temblaban tanto que apenas y podía enfocar las letras de las hojas.
Comencé a leer sin saber muy bien que leía, mi mente se disipo en el recuerdo de hace un mes cuando me desmaye en la escuela, había sido leve pero lo suficiente para que mi padre exagerara y me llevara al doctor quien inmediatamente ordeno que me hicieran varios análisis.
Para mi sorpresa yo estaba...
Desperté precipitadamente con la pesadez en el pecho, la respiración era frenética, igual que el latido de mi corazón, mire de un lado a otro de la habitación oscura.
¿Dónde estoy? Pregunte en mi mente, vi por las ventanas a la noche oscura y llena de estrellas. Estoy en Barcelona, Santander, me respondí a mí misma.
Trate de respirar con normalidad. Estoy en Barcelona, Santander, repetí, controlando mi respiración. Estoy en mi cama, sonreí un poco y deje caer la cabeza en la almohada seguí espirando.
Mire a la derecha, las dos cortinas estaban corridas, las puertas cerradas, estaba bien arropada en mi cama. Mi papa y mi mama, pensé, si no aun estuviera en el balcón siendo comida por todos los insectos.
Me frote los ojos con una sola mano y me levante de la cama de un salto. No quería seguir durmiendo... No quería seguir soñando.
Fui al closet, tome un pants a rayas amarillas y una camiseta sin mangas y tirantes gruesos que decía: "What the f*ck are you watching?", con una tipa de anteojos oscuros, cigarro en los labios rojo cereza, pelo alborotado y mostrándote el dedo medio con una uña rematada en verde fosforescente y un dibujo dentro de la uña con el mismo gesto.
Entre al baño encendiendo la luz, abrí el grifo, el agua salió transparente y fría, moje mi cara, mi cuello, cepille mis dientes y volví a mojar mi cara. Abrí los ojos y mire mi reflejo mientras cerraba el grifo.
Mi cabello caía ondulado y alborotado por el sueño, pegándose a mi rostro mojado de un rojo intenso, profundo, en algunas partes muy oscuro, mis ojos de un azul turquesa como el del universo se iluminaron por la luz, mi labios serios mostraban el palpable rojo difuminado de la sangre y mi piel mostraba el color blanco un poco como el color del durazno y la leche mezclados, tenia pecas solo en las manos y unas cuantas de un gris plateado sobre la nariz y los pómulos, pero tan pocas que no se notaban. Parpadee un segundo y el recuerdo se rompió.
Mi cabello caía casi recto sobre mis hombros y por mi espalda, en un color opaco y de un naranja casi zanahoria, mis ojos habían ido descendiendo hasta un efímero azul deslavado, mis labios estaban de un pálido color rosa y un tanto reseco, mi piel se veía pálida y amarilla. Las pecas plateadas habían desaparecido del rostro, las manos se había vuelto huesudas y aunque aun tenían algunas cuantas pecas resaltaban aun mas los puntos de las canalizaciones. Me veía frágil, parecía que si un viento muy fuerte llegara me rompería en dos mil pedazos.
Siempre me había gustado como había sido, me gustaban mis pecas que muchos insistían en que me quitara, me gustaba que el iris de uno de mis ojos invadiera la pupila y aun así veía bien.
Nunca me importo si la gente veía algo hermoso en mí, de hecho me sigue sin importar, lo único que quiero hacer es recuperar el reflejo que veía a diario y era lo único que nunca jamás podre hacer.
Me mire con insistencia, estaba bien de peso... No como hace un año, me veía normal, los huesos estaban cubiertos de un musculo resistente y si no era así, lo haría resistente.
No moriría sin vencerla un poco, sin vivir un poco de lo que me quería quitar.
Sonreí una sonrisa triste, las únicas sonrisas genuinas que brindaba eran para mi propia pena. Apague la luz, camine para sentarme en la orilla de la cama, estaba un poco encorvada así que trate de poner recta mi espalda.
Comencé de nuevo con el examen que tenía desde hace casi un mes, pero esta vez comencé con el Si Hubiera... Imaginando como hubiera sido si hubiera hecho.... Pero como humano se que él hubiera no existe, es un mito como la inmortalidad.
No quería dormir, decidí salir para  ver el tercer piso, el único que no había visto, esperaba ver unas enormes escaleras de cristal como las de abajo pero en lugar de ello encontré unas escaleras de madera oscura con barandal a ambos lados. Subí sintiendo la madera debajo suave contra la planta de mis pies descalzos.
Las escaleras giraban completamente a la derecha llevándome a un piso del mismo material, aquí estaba todo pintado de gris, por la noche y demás, se veía azulado. Camine un poco entre saltos a una puerta de cristal con persianas blancas, vi entre los huecos que las persianas dejaban. Por la luz que brindaba la luna pude ver el interior de la habitación, tan pronto mire en ella abrí la pequeña puerta.
Esta era una habitación para mi, enfrente había unos grandes ventanales de cristal que daban a otro balcón, la pared derecha era de espejos con unas barras de madera enfrente de ellas, en la esquina de una pared estaban colgadas mis zapatillas. Mi corazón sufrió un puck al verlas, corrí hasta ellas y pase mis dedos por su punta, sentía los ojos a punto de derretirse, sentí ese calor engañoso de nuevo, a parte la mirada.
En medio de la habitación estaba mi piano de cola negro, me acerque para ver las teclas. Do, re, mi.... Notas que me llevaban a viejos recuerdos, recuerdos añorados por mi corazón, subestimados por mi mente y amados por mi alma.
No tocaría, mis padres si eran normales y si dormían, no significa que los que alteramos nuestros relojes del sueño seamos unos raros... Suspire.
Había pasado tanto tiempo desde que estuve sola con mi piano, con mi violín... Mi mirada descarrió hasta el, que estaba dirigido a las ventanas con un tripee y las partituras al frente.
En la última pared estaban mis pinturas, algunas hechas por mí, otras compradas para mí, eran copias pero no importaban, son mías. La maja (vestida) de Francisco Goya, Paris de Camille Pisarro, La Mujer con Paraguas de Claude Monet, Danae recibiendo la lluvia de oro de Tiziano, Giovanna Tanabuoni, The Ouasys at Rouen Efeito deneve em Erogny, hecho también por Tiziano y todas mías...
Los caballetes estaban distribuidos por todas partes, había una mesa pequeña donde los pinceles, las paletas, los diferentes tipos de pinturas y un aparato reproductor se encontraban, pilares de diferentes tamaños colocados y distribuidos por todas partes donde descansaban mis bonsáis.
Todo estaba arreglado para mí, para mi estadía aquí... Trague saliva, di media vuelta y salí del Estudio, salí sin antes ver de refilón mi radical reflejo.
Hacía mucho frio, me metí debajo de las sabanas y del mullido edredón blanco y vi el techo. No lloraría, ¿quién era yo para llorar? ¿Quién era mi corazón para juzgarme? ¿Qué era mi mente para quebrarse? Todas las respuestas a estas preguntas las sabia, pero también sabia mentir y lo sabía hacer muy bien, lo cual es lo más importante. Pero algún día, muy pronto, la verdad me alcanzaría y se mofaría de mí por tratar de negarla, y hasta que ese día me alcance, la seguiré negando.

Uno, el día que me llevaron a mi primera clase de ballet. Dos, el día que mi madre me llevo a la semana de la moda en Italia. Tres, el día que mi padre me enseño el secreto oculto en nuestros ojos. Cuatro, el día que conocí a los amigos de mi alma. Cinco, el día que le rompí el corazón a tres personas al mismo tiempo. Seis, el día que morí y mas sin en cambio sigo aquí.