lunes, 24 de junio de 2013

Contando desde Seis IV.



-¿Ouch? –pregunta indignada, abro los ojos, es Gabriela.
-Ay… ¡perdón! –Digo, y la abrazo, ella me devuelve el gesto con una sola mano.-Lo siento, en verdad, lo siento… lo siento, lo siento –digo saltando enfrente de ella.
-Está bien, no te preocupes, debí de llamarte… que buena mano tienes, Alice –dice acariciando una vez más su mejilla, hago un mohín-. No, de verdad, yo tuve la culpa. No vuelvas a decir lo siento.
-Lo siento –digo sin querer y ella sonríe con más color en una mejilla que en la otra-. Estoy un poco nerviosa –me excuso, nerviosa y siento aprensión.
-¿Por qué? –pregunta, me encojo de hombros, ella vuelve a tomar mi mano y comenzamos a caminar. Sí, caminar esta mejor que hablar. Miro hacia arriba y veo el cielo estrellado, el viento está más tibio aquí.- Te sientes así porque parece que todos muestran interés en ti –responde y la miro con el ceño fruncido.
No sé… no sé si llamarle interés, pero no me gusta que todos me miran de arriba abajo o sonríen y algo les cruza por los ojos.
-Se portan así contigo porque no los conoces y no podemos negarlo, Alice, eres demasiado guapa.- Continua-, muy peculiar, como dijo Alexander.
-Él se refería a la inscripción –digo señalando el collar.
-Ese cabrón se refería a todo menos a la inscripción –sonrió por alguna razón.- Te caerá bien, es buena persona.
No lo creo.
-Un poco raro, pero tiene un sentido del humor muy cálido.
Puede.
-¿Iras al baile de San Valentine? – pregunta cambiando de tema
-¿Baile de San Valentine? –pregunto viéndola con el ceño fruncido.
-La escuela,  toda la escuela – sonríe abiertamente mientras me ve, sus ojos se le iluminan-, esta tapizada de córteles con querubines y corazones, creo que hasta las animadoras harán lo de “San Valentine de un Euro” –al escuchar esas palabras, un escalofrió me recorrió la columna vertebral, y aunque quería mantener la expresión sería, decidí que lo mejor era sonreír, así que lo hice.
-No creo ir… -comencé.
-Pero, ¿por qué? – se quejó antes de que pudiera terminar de hablar y explicar por qué no podía ir.
-Bueno… no tengo con quien ir –comienzo mientras hago un ademan con la mano.
-¡Oh! De eso no te preocupes, cuando digas: “Quiero ir al Baile de San Valentine”, habrá una fila de cincuenta chicos haciendo de todo para que digas: “Contigo” – sonreí ligeramente. No complacida, pero… sonreí, de todas formas.
-No es eso –comienzo a explicarme-, no quiero salir con nadie…
-Ah… pues, ven con Paris y conmigo, hemos ido a cientos de estos bailes y nunca con alguien más, a él le encantara la idea de un trío.
Okay… eso fue tan raro, pero me divirtió cuando rio.
-Pero, sí que eres pervertida – sonreí.- Entonces… ¿qué dices?
-Sí, está bien, pero nada de besos – digo, ella asiente y después  camina con mi mano y da saltitos hacia atrás llena de felicidad.
- Nos la pasamos increíble – ríe y vuelve a girar para comenzar a bailar con una mano en el aire mientras cantonea las caderas, de pronto se detiene y yo me acerco a ella, estamos a dos metros de llegar a la estacionamientos.
-No, Fer –se escucha una risa coqueta y yo me sonrojo.
¡Como odio cuando se pasan de jóvenes! Para morirse de risa.
-Hay que gritarles que se consigan un motel – propuso Gaby, me trague la risa lo que suena como si me atragantara.
-Son mis padres –dije en un susurro-, luego te los presento – la miro y trato de evitar que mis ojos se vayan a la escena de la pared.- ¿Quieres que te lleve a alguna parte?
-A tu casa, no espera… no gracias, Alice, vengo en coche, este… pero algún día me tendrás que invitar a tu casa –dice.
-Ya, los ojos se te salen –sonrió,  me inclino para darle un beso en la mejilla, vi como dio media vuelta despidiéndose una vez con la mano y después salto hasta la esquina.
Suspire, gire para tomar la mano de mi papá y caminar para adentro del estacionamiento, cuando evite que se tragara la cara de mi mamá se escuchó algo así como de: “¿pero qué coños…?” de parte de papá y después nada, excepto por la risa de mi mamá.
-Me voy a dormir –dije cuando llegamos a casa.
-Pero, si ni hemos hablado, Alice –dice mi papá divertido-, tenemos que hablar de métodos anticonceptivos y de… - azoto la puerta de mi cuarto y su carcajada se escucha, sonrío, pongo mi mano sobre la boca para contener la risa.
Hablar sobre métodos anticonceptivos, de hecho… nunca he hablado de sexo con mis padres, en mi antigua escuela eran muy liberales y nos dieron un curso bastante extenso y explícito sobre el tema.
Me metí a la cama después de bañarme y me quede viendo el techo un buen rato.
Mañana sería el primer día de otro mes… otro mes para mí.

Enero 31, 2011.

Sussan está acostada en la cama, con los pies cayéndole de un lado y los ojos cerrados.
No me gusta cuando cierra los ojos y no duerme. Me gusta ver sus ojos y que vea como le pongo a los pies, el mundo entero.
¿Cómo Alice no sería hermosa, si su madre lo es? Mi Sussan, mi Alice…
Me siento en la cama porque sé que no le gusta cuando me aviento y me recuesto sobre su vientre.
Esta tan delgada, debe de haber bajado cinco o seis kilos desde hace dos meses cuando la noticia nos llegó.
Siento los huesos de sus caderas y el hueco en el abdomen.
Me duele tanto verla tan delgada.
Alice también lo está, sus manos están llenas de manchas por las canalizaciones, el cabello lo tiene muy aplacado y se le cae mucho.
No sé cuál de las dos se rindió o si fui yo el que se ha dado por vencido… Hemos sido Sussan y yo, porque Alice nunca se rendirá, aunque la veo cerrar los ojos y ver más allá de donde está su realidad. Daría todo porque alcanzará lo que ve con sus preciosos ojos.
No sé qué ves, hija, si tan sólo me dijeras, movería el Cielo y el Infierno, y te lo daría.
Alice ha cambiado. Lo sé, ha crecido por dentro tanto. Su mirada es más profunda, ya no duda, ya no me pregunta nada… como si la curiosidad se le hubiera esfumado para concentrarse en vivir…
Me trago las lágrimas.
Hoy la vi, sonriendo con su amigo,  sonreía como si no le importara mañana,  y corría por aquella plaza iluminada acompañada por su juventud e inocencia. Amo los días, cuando son así… con ella sonriendo y valiente frente a la Vida, como Alice…
Cierro los ojos y las lágrimas me caen por las mejillas.
Cuanto deseo, Alice, hija mía… verte la eternidad así, darte lo que quiera para que no te lleve, que no te quite de mi lado, de nuestro lado pero eso nunca va a pasar.
-Fernando – susurra Sussan, y me comienza a acariciar el cabello, yo aprieto los ojos y me abrazo a sus caderas, me aprieto a ella.
-Lo he entendido, Sussan –susurro con la voz quebrándose, delatando que estoy llorando.
-¿Qué?- susurra ella también y sé que también llora.
-He entendido porque todos las posibilidades existirán – ella se tensa.- Pero no quiero que me dejen atrás las dos, no podría continuar… el destino nos llevará hasta donde nos tenga que llevar, mi amor, pero juntos.

Febrero 1, 2011.

Abrí los ojos precipitadamente por el sonido de mi alarma. Me queje y mientras negaba con la cabeza. Gire a la cabeza y vi por las ventanas, estaba oscuro y en el cielo había unas cuantas estrellas.
Sentía un gran peso en el pecho y la garganta cerrada, me sentía en pocas palabras deprimida y con ganas de reírme como loca: histérica. Así que no quiero ir a la escuela. Además quería pensar en mi mito preferido… la inmortalidad.
Vuelvo a cerrar los ojos y me quedo dormida otra vez, media hora después se abre la puerta de mi habitación.
-¿Linda? –pregunta mi mamá en un susurro.
-¿Mmm? –respondo.
-¿No iras a la escuela?
-Mmm- digo mientras niego con la cabeza, me entierro más en las sabanas y en el edredón.
-Está bien –mamá tiene la voz alegre, entra en la habitación y cierra las cortinas.
Me habré levantado a las doce de la mañana, me arrastre al baño donde moje mi cara y cepille mis dientes. Después de desayunar… almorzar con mis padres subí a mi estudio, donde mire por las ventanas por dos horas e inconscientemente comencé a rallar un lienzo en blanco con gises de colores que aunque se veían claros daban la sensación de oscuridad.
Comenzó como una venda sobre un rostro, de color negro y se fue definiendo como uno con una barbilla fina, cabello hacia atrás de un tono marrón y unos labios pequeños y serios.
Tocaron levemente la puerta de cristal.
-¿Alice? –pregunto papá-, ¿puedo pasar?
-Sí –respondo sonriendo, entra y me pone las manos en los hombros.
-¿Qué haces? –pregunta y sé que frunce el ceño.
-No sé – digo viendo fijamente el lienzo con el indefinido rostro femenino.
-Ya me tengo que ir, linda… -dice suavemente y frunzo el ceño al tiempo que hago un mohín-, pero dentro de dos semanas me tendrás aquí de nuevo –dice.
-Te vas un mes y te quedas dos días –digo en un susurro, se nota mi molestia.
-Linda… -pidió, niego…
-No importa –giro y le abrazo por el torso como cuando era pequeña, no lloro porque finjo ser fuerte y estar bien, siempre.- Dos semanas sólo son quince días.- El aire me va dejando igual que todo… todo siempre me deja, lo bueno es que no me ve.
Papá también me abraza y me estruja.
-¿Me acompañas a la estación de trenes? –pregunta, asiento.
-Sólo me pongo zapatos –me separo y veo como asiente.
Estoy descalza.
Corro escaleras abajo y busco en mi clóset, lo primero que encuentro son un par de alpargatas blancas con suela de mimbre, me encojo de hombros para calzarme una e irme calzando la otra mientras bajo las escaleras. Pero el corazón me da un brinco porque veo una melena castaña y un par de ojos azules cobalto que se iluminan cuando me ven.
-¡Anthony! –grito emocionada lazándome para abrazarlo, él ya tenía los brazos abiertos.
-Pero, ¿Qué te ha pasado? –pregunta sonriendo.
-¿Por qué? –frunzo el ceño.
-Estas broceada –pongo los ojos en blanco -, y más alta –entorno las ojos y sonrió.
Mi padre se queda casi toda la tarde, cuando falta una hora para las cuatro salimos con él, antes me he bañado y arreglado porque… no puedo permanecer toda la tarde con pijama.
Como Anthony está tecleando en la computadora como si su vida dependiera de ello, he decido cambiarme en el baño, hasta los once nos desvestíamos y vestíamos o andábamos desnudos por todas partes juntos,  pero la vergüenza llega a esa edad.
He escogido unas mallas blancas, con un short de mezclilla deslavada que encontré perfectamente doblado en el cajón de una de mis cómodas, también ahí encontré un cinto rojo con un tejido de picos naranjas y amarillos. Una blusa blanca que es mínimo dos tallas más grande de la que en verdad soy, color blanco y un suéter rojo con triángulos, olas naranjas en un fondo azul, que termina justo donde el short comienza.
Me veo en el espejo y el brillo que me había robado del sol se comienza a esfumar.
Anthony ha puesto música que suena un poco para pasarse el viaje de mota y en verdad que me preocupa que haya comenzado a usarla para hacerlo.
Salgo del baño para ponerme unos botines cafés con correas doradas y unos brazaletes de cuero con grabados de bocas, me le quedo viendo a un anillo que estaba segura no tenía, uno de una piedra negra con una base dorado opaco.
-Ya –digo, él también se ha cambiado con unos jeans azules rotos de la rodilla y una camisa azul marino.
Me ve abajo hacia arriba.
-¿Qué? –pregunto viéndome.
-Qué raro te vistes –dice frunciendo un poco el ceño.
-¿Me veo mal? –pues… yo me siento bien.
-Dije raro… raro es diferente, diferente está bien… no, no te ves mal –dice y da un paso-. Te compre algo –se comienza a sonrojar. Sí, mi primo Anthony es un asco para dar regalos-, no es la gran cosa… pero… bueno de hecho es una baratija…
-Ya –digo sonriendo-, dámelo –cierro los ojos y tiendo la mano, entonces escucho como saca algo como una cadena que repiquetea contra sí misma, coloca el objeto justo en el centro de mi palma, está muy liviano, medio abro un ojo y wow… -. “Búscanos donde nuestras voces cantan” – lo tomo con las dos manos y los ojos abiertos de par en par.
Es la réplica perfecta del huevo en miniatura, de tres o cuatro centímetros de largo, los tres triángulos en la parte de arriaba para unir a los pétalos dorados que tienen grabado a Hogwarts en las tres caras.
-Tiene a Hogwarts –dije frotando con el pulgar el grabado.
-Y se abre –susurro, presionando la parte de abajo del huevo y volviendo a meter su mano a su bolsa del pantalón igual que la otra -, obviamente es una perlita y no el liquidito ese amarillo que apareció en la película… sí, este… es que… bueno yo… lo vi y…
-Sí, esta lindísimo –le ahorro la pena y lo abrazo pasando un brazo por su cuello y el otro por los hombros, me rodeo los hombros y exhalo…
Sí, Anthony, a todos les está costando trabajo.
Dejamos a papá en la estación de trenes, lo esperamos en la plataforma hasta que el tren desapareció,  no eran ni las cinco de la tarde cuando mamá nos pidió que la lleváramos a casa, al llegar Anthony mi insistió que le mostrara  el pueblo. Eran las seis y media cuando llegamos al centro que ya estaba en el apogeo de los alumnos que salían de los colegios y de algunos que otros turistas perdidos de la realidad.
-Parece que acabaran de salir –dice Anthony mientras ve pasar a un grupo de chicos con el horrible uniforme caqui y camisa azul, pone cara de asco al ver el uniforme.
-Acaban de salir –digo.
-¿Sales a las seis, Alice? –aunque no exclama como debería, suena sorprendido.
-De hecho, salgo a las seis y media… pero no está…
-¿¡A LAS SEIS Y MEDIA!? –Esta vez sí que exclama-, y ¿qué hacen?
-Hay muchos talleres, muchas clases y deporte… es creo que también un internado o algo así…-dije viendo hacia adelante mientras hablaba, gire para verlo y ya no estaba.- ¿Anthony? –pregunte, justo cuando me iba a girar se me lanzo, grite porque quería que lo cargara, así que enredó sus piernas en mi cintura.- ¡Me ahogaras! –grite y apretó más sus brazos a mi cuello.
-Así está bien, no intentarás tirarme –ríe.
-Desgraciado.-  Digo entrecortadamente y suelta la carcajada.
Comienzo a caminar y me siento como Pipila pero en lugar de una roca inmensa sobre mi espalda, al idiota de mi primo, que poético. Camine bastante, tal vez cincuenta centímetros, hasta que solté sus piernas.
-Esto no funciona –dije con voz estrangulada, me libero el cuello y me lleve una mano a la garganta para tomar aire a la vez que ponía otra mano en mi rodilla.
-Pero que exagerada eres –dijo riéndose, alce la mirada con el ceño fruncido, con la mano en la rodilla le hice la única seña que se me ocurría-. Oh… gracias – y sonrió. -Vamos… te llevo – comento dándome la espalda mientras su sonrisa seguía ahí en sus labios, entonces di un salto a su espalda y me enrede como chango a ella.
Él se carcajeo, abrazando mis piernas con sus brazos.
-Que liviana estás… -se quejó, me encogí de hombros y clave mi quijada en su hombro.- Entonces, te gusta la escuela –dijo, asentí-, ¿y es cara?
-No sé… realmente, lo más probable es que sí.
-¿Hay muchos alumnos?
-Como seiscientos –él silbó y entonces se quedó pensativo.
-No creas que te puedes hacer pasar por uno… -comienzo.
-Yo ya termine la preparatoria, superdotada –dice burlón, pongo los ojos en blanco.
-¡Alice! –me llama una voz emocionada a la derecha, miro hacia donde está la chica rubia y de piel como de porcelana que me saluda sonriente: Laura, que peculiar se ve con zapatillas y minifalda floreada… ah… por eso dice Anthony que me visto rara.
 Bajo de la espalda de Anthony y camino hacia donde esta ella.
-¿Te fuiste de pinta? –pregunta lanzándole miradas de acusación de mi primo que viene detrás de mí.
-No… no fui a la escuela –digo y medio  giro para señalarlo, me pasa un brazo por los hombros y sonríe conchudo -, él es mi primo, Anthony, ella es mi amiga… Laura –sonreí, ella le tendió la mano… te he de advertir que Anthony es un pulpo con la habilidad de convertir a sus dos brazos en ocho y si tuviera ocho no sé por cuantos los podría multiplicar.
-Muchos gusto- le sonrió educado.
Qué raro…
-¿Y qué haces?
-Salí con el grupo, ¿no quieres venir?
-No.- Me apresuro a decir y después niego viendo el suelo-, no… porque tengo que ir a la lavandería… ¿Dónde hay una por aquí? –pregunto viéndola con mis ojos de eterna confusión.
-Por aquí –dice girando hacia la izquierda y me comienza a hacer señas para explicarme porque calles caminar, le repito para confirmar que entendí y asiento.
Después nos despedimos y caminamos por donde dijo pero nos metemos a un restaurante-cafetería con bancos altos en la barra. Nos sentamos ahí, Anthony pide una “limanada” que huele bastante bien, a hierba buena y menta y yo pido una Coca-Cola con hielos mientras nos traen los sándwiches de pavo y de pollo, mientras… compartimos unas papas fritas en espiral.
-¿No te caen bien? –pregunta de pronto, giro la mirada hacia él y enarco una ceja, el traga el bocado que tiene-. Tus compañeros, ¿no te caen bien? –Se explica.
-No les quiero caer bien –respondo y miro la cesta de papas fritas.
-No te puedes cerrar a la vida, Alice, no sabes que te puede pasar mañana…
-Sí… lo sé –digo suspirando largamente y después sonriendo.
-¿Y? ¿Qué es lo que no te gusta?
-Los chicos…
-Sí, ya sé que eres lesbiana pero... –ahora lo interrumpen a él, la camarera nos deja los platillos enfrente de nosotros y me guiña un ojo lleno de rímel, delineador y sombra rojiza que hace a sus ojos verdes, unas gemas preciosas. Se retira sonriéndome y moviendo un hombro.
Apretó los labios y le lanzo una patata frita a la cara a Anthony, que ríe bajito y mirando su comida.
-Jódete, Anthony –me quejo mordiendo una pedacito de mi sándwich.
-¡Que iba a saber! –exclama, alzando la mirada y los hombros, a la vez que me mostraba la manos y una blanca sonrisa.
-No estaba hablando de que los chicos no me atrajeran –digo viendo la comida y sé que me veo cansada, pero es Anthony… me puedo ver así con él-, me refiero a que… no sé –me encojo de hombros-, a que tal vez si me llegue a gustar uno y ¿qué pasará cuando lo olvide?
-¿Cómo sabes que lo vas a olvidar?
-¿Cómo sé qué no? De todas formas… son sólo palabras al aire –explico encogiéndome de hombros-. No me gusta nadie.
-¿Nadie? –Pregunta, lo miro un segundo, me vuelvo a encoger de hombros-, siempre has sido muy enamoradiza, Alice, alguien te ha de gustar –sonrío a mi comida-, ¿te acuerdas cuando te gustaba Harry Potter…?
-Se llama Daniel Radcliffe.
-Bueno… él, después de te gustaba Rupert Grint y al final terminaste jurándole amor eterno a Emma Watson.
-Estas alterando los hechos – río.- Yo nunca le jure amor eterno a Emma Watson…
-Bueno… no importa si lo has hecho, has cambiado mucho… así que ya no sé.
-No he sido yo la que ha cambiado, Anthony, han sido las circunstancias de la vida las que han cambiado –murmuro. Me toma el brazo y yo miro hacia otra parte, hacia la pared donde está el cuadro Einstein con la burbuja de colores a su alrededor como el humo de una pipa de tabaco.
-A mí me gustaría enamorarme –dice, lo volteo a ver y se ríe.
-¿Qué?, ¿no lo has hecho como cincuenta veces? –pregunto frunciendo el ceño.
-Como cien, pero no me refiero a eso –dice, pongo los ojos en blanco-, ya sabes… enamorarme y amar.
-Anthony, tienes diecisiete… los adolescentes se quedan en enamorar y más cuando son como tú.
-Esas son mentiras, sí estas cosas están hechas para nosotros…
-Ni si quieras sabes cómo se llaman  y hablas de ellas cómo si fueran tuyas…
-Bueno: Amor y sexo, ¿eso está mejor? –le sonrió.
-Sí, eso está mejor.
-Parece que te gusta torturar a la gente –dice-, ¿pero me dejas terminar de decirte?
-Okay.
-Me refiero a abrazarla e ir despacio, conociéndola –dice, me suelta el brazo-. Me rompieron el corazón hace tan poco–continua explicando-, mi plan de enamorarme en verdad empezó hace como un mes y medio… y en verdad que quería quererla, gustarle más allá de lo que siempre me gustan, pero ella me buscaba por esa fama.
-Y  te dejo, después –dije, él asintió…
-Es algo que pasa cuando te apresuras a creer que te podrán querer… que te podrán creer así de fácil, como si lo que dijeran de ti no significara nada.
-Lo que digan de ti no significa nada.
-Eso es en tu caso, vives en tu burbuja que nadie se atreve a romper, pero si vivieras en la realidad, si fueras como un adolescente común, sabrías que lo que dicen es más importante de lo que crees.
-Pues enciérrate en tu propia burbuja, no vayas por el mundo siendo común…
-Es que tú eres un alíen y no te importa mucho…
-¿Y a ti sí?
-Algo –se encogió de hombros-, pero no vivo de ello.
Suspira y se toca las bolsas de los pantalones.
-Yo traigo dinero –digo, comiendo.
-Yo también –dice, me sonríe como si planeara algo-, ¿no te gustaría irte sin pagar? –pregunta y enarca una ceja.
-¿Después tocamos un timbre y salimos corriendo? –pregunto con sarcasmo sonriendo a la vez que enarco una ceja.
-Okay… pero mejor de un edificio de apartamentos para que todos se molesten. Ensancha su sonrisa, la sonrisa se me desaparece.- Ya, come –dice.
¿De verdad nos iremos sin pagar? ¿Y si algún otro día quiero regresar y comer aquí?
Muerdo el sándwich, pero tira de mi mano y salimos corriendo. Mi puto primo es un delincuente menor. Río por la calle mientras corremos, nos metemos en un pequeño y estrecho callejón, y seguimos corriendo hasta que salimos a la plazoleta donde hay una enorme iglesia.
Tomo aire, en la mano todavía tengo el sándwich de pavo, tengo el rostro sonrojado pero no por la carrera si no por la risa que tengo atragantada. Me enderezo, pongo una mano sobre el estómago y comienzo a carcajearme, tapo mi boca pero sigo riendo.
-¿Pero qué te pasa? –dice él también riéndose.
-Tenemos que regresar a pagar  -digo aun riéndome.
-No, tenemos que buscar el edificio de apartamentos.
-No he visto ninguno aquí…
-Me has dicho que apenas has salido de casa este fin de semana, seguro que no has visto mucho de este pueblito.
-Lo más seguro es que no haya mucho que ver.
-No lo creo, tal vez aquí encuentres ese misterio que tanto querías –me dice sonriendo.
-Eso era cuando tenía como siete años, Anthony.
-¿También lo has olvidado?
-No…
-Si hasta parecías Sherlok Holmes –dice, pongo los ojos en blanco-, anda, prima, sonríe –sonrío, de verdad que lo hago, y él me regresa la sonrisa.- Vamos a comprar un helado.
Me señala lo que parece un puesto ambulante con techo de teja roja y dos pizarrones negros a los costados con letras escritas a gises de colores brillantes y vibrantes, en ambos lados tenía escrito “Helados Ecológicos”, enarque las cejas… pero me acerque con mi primo, mientras tiraba en un contenedor el sándwich, eso iba a estar rondando mi consciencia hasta el fin de mis días: tirar comida.
Pasamos a lado de la iglesia y llegue a sentir el frio del interior junto con el olor a incienso, ese olor…
Vi las pizarras mientras él ya pedía, tenía nombres de frutas seguidos de la palabra “helado”… “manzana, helado”, “pera, helado”…
-Quiero un “manzana, helado” –dije enarcando una ceja, el joven asintió y me entrego una manzana fría con una servilleta café y una cuchara de madera, le quite lo que podríamos llamar la tapa y metí la cucharada al helado blanco que había absorbido todo el sabor de la manzana. Realmente que sabía bien.
Anthony le pago y dejo el helado de pera sobre lo vitrina.
-Oye, Alice, ¿me puedes esperar aquí un segundo? –pregunto, viendo hacia enfrente, medio me gire para ver a quien veía.
Bueno… supongo que Laura va  a tener que ser fuerte… salvo que en verdad, Anthony, quiera cambiar y dejar de ser promiscuo… ¡un Anthony no promiscuo! Y después… ¿Qué será?, ¿un Anthony graduado en medicina?, ¿¡uno con doctorado!?
-Sí, aquí espero – digo comiendo más helado.
Wow… que bien sabe.
Me pongo a juguetear con el Iphone para comenzar a matar cerdos verdes.
-Que rico –dice alguien detrás de mí, giro porque la voz es fácil de reconocer, sonrío.
-Hola, Jamie –digo.

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