El Dolor de la Reina.
El suelo era como la base de ajedrez del piso en el que estaba, en ese mismo lugar había una barra de bar de madera con aspecto viejo de un gris azulado, en la otra habitación comenzaba un piso de paneles de madera del mismo color que la barra del bar, pero estaba protegido por una pesada alfombra de un rojo donde una silla de acrílico con cojines de tela de manta cuelga del techo, por allá había una silla de peluquería de esas viejas con las coderas de bronce y forradas de terciopelo guinda y viejo. Sobre la pared que tenía un tapiz con un complicado dibujo de rombos había cuadros pequeños que representaban una caricatura de un simple muñeco de palos que caminaba por un fondo blanco con un sol y de pronto salía una roca que lo mataba en el siguiente cuadro. Había un cuadro de unos querubines con sus pequeñas bocas haciendo una “O” y sosteniendo una corona hecha de romas pequeñas con flores moradas, violetas y lilas, con otros pequeños capullos rojos, el cuadro estaba enmarcado con un pesado marco de madera dorada al igual que el retrato hecho al estilo renacentista de una reina con ojos aburridos de un color verde y una extravagante peluca rubio platinado. Del techo colgaban unas pequeñas luces blancas que iluminaban los sillones de cuero negro o las sillas de madera que estaban enfrente de las pequeñas mesas o los cojines de diferentes texturas y colores que ahí había.
-¿Cómo se llama
este lugar? –pregunte observando que por las paredes había autógrafos haciendo
que lo que una vez fue blanco hoy fuera negro y rojo, creo que había uno de
María Félix, ¿serían de verdad?
-El ojo chueco de
mi Abuelo Steven – lo mire un segundo mientras miraba otra vez el lugar.
-Es bastante
peculiar –comente viendo el techo que también estaba autografiado -. Mi abuelo
se llama Steven – dije sonriendo y regresando mi mirada a él.
-Eso es curioso -dice sonriendo, y viendo al rededor-No creo que sean reales – susurro señalando los autógrafos.
-Eso es curioso -dice sonriendo, y viendo al rededor-No creo que sean reales – susurro señalando los autógrafos.
-Yo tampoco –
mire una vez más donde la alfombra roja comenzaba pero el lugar estaba vacío a
excepción de una música que sonaba muy bien y creo que la canción era
interpretada por Bruno Mars.- ¿Dónde están los demás?
-Arriba – comenzó
a caminar a unas escaleras donde había unos puertas, una a lado de otra que
estaba muy segura eran los sanitarios por los dibujos de una mujer que además
del típico vestido triangular tenía unas líneas representando un liquido que
provenía de su parte media… o sea, ¡se estaba haciendo pipi de pie! Tenía los
brazos hacia arriba y había una línea
blanca que se curveaba haciéndole de su sonrisa enorme. El dibujo del baño para
varones era muy similar, salvo que este tenía la espalda un poco arqueada hacia
atrás el liquido parecía ir hacia
delante como un proyectil una mano la tenían en su ingle de dibujo y la otra la
alzaba y también tenía una enorme sonrisa.- Aparte de paranoica, agresiva y
exagerada, pervertida. Vas bien, Alice – dijo, aparte la mirada de los dibujos.
-No tengo a quién
impresionar – dije sonriendo falsamente-. Avanza – ordene empujándolo con
fuerza, pero como se veía, era mucho más hábil que nadie para evadir los
escalones rompe espinillas. Fue un buen pretexto para soltar su mano.
Las escaleras se
comenzaban a hacer mucho más empinadas y de pronto giraban bruscamente a la
derecha y de pronto ahí había un hueco en la pared cubierto por una tela roja,
entro en el hueco y se agacho de pronto.
Lo seguí pasando
la tela y también me tuve que agachar, porque aquello era un ático de
aproximadamente de un metro con sesenta y cinco centímetros, el suelo estaba
cubierto por una alfombra de terciopelo negro, también había un montón de
cojines pero aquí con colores mucho más eléctricos y alegres. Había una gran
mesa rectangular que estaba cubierta por panecillos con cubiertas blancas,
sopas, teteras y tablas llenas de quesos y manzanas verdes cortadas en
rebanadas, también había jarras de cristal llenas de una sustancia morada.
Había hookas y un montón de teteras humantes. Y chicos por aquí y por allá,
algunos jugando ajedrez, o cartas, otros estaban sentados en mesas bajas de
madera negra. Lo único que le daba luz al lugar eran las pequeñas ventanas
cuadras que estaban en la pared que tenía adelante a unos cincuenta metros y
las velas de diferentes colores principalmente de color blanco.
De fondo sonaba
Devendra Banhart cantando Santa María de la Feria, era una de mis canciones
favoritas de ese cantante después de Dearest Friend.
Observe detenidamente el lugar por un segundo,
mire a través de las ventanas deteniéndome en el hecho de que el anochecer ya
comenzaba y que las nubes se envolvían con el color naranja y rosa para entrar
al manto azul.
-¡Alice! –
exclamo alguien desde el otro lado la habitación haciendo que todas las miradas
se volvieran a mi, y yo me encontrara con ojos expectantes, recorrí la mirada
hasta el lugar donde la voz había dado el grito y me tope de Gaby, que estaba
abrazada con un chico de ojos violetas. Quiero pensar que es la luz.
-Hola, Gaby –
respondí mientras hacia un ademán con la mano, mi tono de voz no llego ni a la
quinta parte de emoción que el de Gaby.
Bueno… que más se podía hacer. Camine hasta su mesa y me senté a lado de
un chico que había visto hace unos días saltando desde el trampolín de la escuela,
tenía ese porte de chico despectivo que era demasiado elitista para escoger.
¡El nieto perdido de Josefina!
-Te vimos desde
aquí – dice Gaby haciéndose para adelante, dejando caer el brazo que el chico
tenía sobre sus hombros, se inclina sobre una tetera y sirve en una taza donde
una pequeña flor se comienza a abrir… flor de jazmín, me tiende la taza de
porcelana junto el pequeño plato que tine dibujados intricados patrones de
remolinos y círculos a mano en una pintura color plata.- Ya sabes, no hay
muchas con tu color de cabello – dice y sonríe, yo le regreso la sonrisa aunque
no es lo que quiero hacer. Ella se reclina y cae en el pecho del chico que
tiene los brazos extendidos a los largo del respaldo de un sillón estilo
Victorino sin las patas.
¿No se supone que
tienes un novio llamado Paris?
-Alice – me llama
otra vez, alzo la mirada de la flor de jazmín que ahora está completamente
abierta y soplo sobre el agua que está un poco demasiado caliente, ella sonríe
lánguidamente… estas pero muy viajada, pienso.- Él es Alfred Ford – se hace un
lado y se endereza dejándole espacio. El chico, en verdad, que tiene los ojos
violetas-, Alfred, ella es Alice Fontain -. Alfred se inclinó teniéndome una
mano y sonriendo. Conozco una forma para describir a alguien como Alfred:
Desgraciadamente guapo.
-Mucho gusto –
dijo. Olviden lo de desgraciadamente guapo: Putamente guapo.
-Igualmente
–respondo después de apretar su mano suavemente y soltarla.
-No te había
visto por aquí, Alice – comenta pegando su espalda contra la pared. Wow…
-Soy nueva, llevo
apenas un mes viviendo aquí – respondo y le doy un sorbo al té. Está muy rico,
el té…
-Con permiso, ya
regreso, Alice – dice Gaby poniéndose de pie, veo que camina medio encorvada
hacia el otro lado por donde entre y que ahí está Paris con mirada impaciente.
-Siento que nos
conocemos de algún lugar… -comenta Alfred, regreso mi atención a él y sonrió
sin querer carcajearme de la frase que acaba de decir, pero alguien si lo hace…
Elegancia encarnada está a tres personas del otro lado de la mesa y ha dejado
de hablar con la chica que lo fulmina con la mirada.
-Esa forma de
ligar, Ford, es más vieja que el chisme de tu homosexualidad – alzo una cejo…
oh…
-Qué bueno que
eres constante en el seguimiento de los chismes –sonríe Alfred y sus ojos
sonríen con malicia-, así podrás usar correctamente las palabras para no negar
sobre la vergota que te tragaste anoche.
Dejo la taza
sobre la mesa y pongo las manos sobre los muslos para girar alejarme de la
conversación de “machos” heridos actuando como gatas en celo.
Estoy a punto de
conseguir salir de aquel lugar cuando alguien me llama y para mi alivio es
Liliana sentada junto con Martha, Fernanda y Alan que juegan damas chinas,
sobre el suelo descubierto hay una jarra con un líquido naranja que se comienza
a unir a una mezcla de jugo de un color rojo oscuro, tiene unos cuantos hielos
y hay vasos largos, algunos derribados sobre una bandeja plateada.
Me acerco a ellos
con una sonrisa, porque en verdad que me alegra verlos, son tan locos, sólo
faltaba Benjamin y Fabiola para que ese grupo estuviera completo.
-¡Hola! – me dijo
Liliana acercándose para pasar sus brazos alrededor de mi cuello, me dio un
sonoro beso en la mejilla.
-Hola, Lili –dije
sonriendo. Alce la mirada.-Vas a perder –dije viendo el tablero de lado de
Alan.
-Pero, ¿Cómo vas
a creer? ¡Sí esto ya lo tengo ganado! –exclamo señalando los fichas, sonreí,
porque se veía que en verdad quería ganar.
-Bueno… realmente
no lo sé – sonreí-, no sé jugar damas chinas.
-Son súper
fáciles de jugar – comienza Martha y se acomoda en su cojín, para después mover
una ficha-, mueves la ficha así – dice cuando ya lo movió, Alan mueve una de su
lado-, y después él mueve su ficha -, veo como le destellan los ojos a Martha
cuando Alan retira la mano-, después mueves tu ficha – sonríe- y después…
¡Ganas!
-Alice, me salo
el juego –reprocha Alan cruzándose de brazos.
-¿También te salo
los otros diez juegos, Alan?
-Jódete, Liliana
–responde fulminándola con la mirada.
-Sé buen perdedor.
-Sé… ¡Jódete, de
nuevo! – dice sonriendo y Liliana también sonríe.
-¿Perdiste diez
veces? – pregunte viendo el tablero.
-Tú no sabes
jugar – dijo haciendo una cara de desgarradora desesperación, reí por su cara.
-¿Benjamin
tardará mucho más?
-Te diré… -dice
encogiéndose de hombros mientras reacomoda las fichas para volver a
jugar.-Vamos, Alice, te enseñare a jugar – voltea el tablero hacia donde estoy
yo, el lado que acaba de ordenar y continua con el suyo.
-¿Qué me dirás? –
Liliana está sirviendo un poco de lo que está en la jarra, pasándoselo a Martha
que me la pasa.
-Pues que
dependerá de cuánto tarda en calentar a Fabiola – dice con enojo, pero no sube
la mirada cuando habla, sigue ordenando las fichas como si lo que hubiera
dicho, ya lo hubiera repetido un montón de veces.
-Si te molesta
tanto que salga con Benjamin, deberían de formalizar – comenta Martha que me
pasa el vaso lleno de ese líquido que
ahora está totalmente mezclado-, es jugo de naranja y de arándano – sonríe, le
sonrió de vuelta y le doy un sorbo… sabe bastante bien.
-No me molesta –
niega y mueve una ficha, yo la muevo como él hizo y alza la mirada a mis ojos y
sonríe igual que sus ojos.
-No puedes hacer
eso – dice negando divertido, la hago un cuadro a la derecha-, tampoco eso.
-¿Cómo se juego?
– pregunto, todas las fichitas son iguales, ¿Cómo podrías saber cuáles pueden
hacer eso y cuáles no?
-¿Has jugado
ajedrez? –asiento-, pues así no es – pongo los ojos en blanco y después de una
larga explicación de cómo saber cuáles pueden hacer eso y cuales no pueden
hacer aquello sobre el tablero, comenzamos a jugar, pero lo dejamos a la mitad
porque Martha estaba de impaciente haciendo bromas del asco que dábamos jugando
damas chinas los dos.
-Este tonto le
pregunto de que año era su peinado, imagínate a Alan de botas de los años
ochenta alegándole a una vieja con el peinado más ridículo del mundo, parecía
como la mezcla de los peinados feos del mundo de esa época en uno sólo –
sonreí mientras me contaban una experiencia de pubertad, estaba acostada el con la cabeza en el abdomen de Martha.
-Al final me
dejaron sólo en la oficina del director, sólo y ridículo.
-Siempre te pasa
esto, cariño, no te enfades –respondió Liliana acariciándole el cabello, aunque
él tenía el ceño fruncido como un crío.
-No, ya no puedo
reír – dije aun con la risa atorada en la garganta quince minutos después, me
dolía el estómago y ya había derramado como seis lágrimas. En mi vida hubiera
podido imaginar que alguien pudiera pasársela tan bien como ellos.
-Todavía se quitó
la calceta y la comenzó a golpear contra la banca de concreto, se cae en medio
de la plaza en la fuente y lo único que se le ocurre es quitarse la calceta y
comenzarla a golpear, cuando me estaba riendo de ella, me comenzó a golpear con
la calceta y me daba tanta risa de que no pudiera dejar de llorar y reír a la
vez.
-Ya cállate, Alan
–dijo Martha sonrojada-, no te das cuenta de que estás haciendo el ridículo
cuando estas con amigos –susurra.
-Daba tanta risa,
me acuerdo que en aquella época usabas una coleta y siempre que te emocionabas
de más se te marcaba una venita en el centro de la cabeza, no me imagino cuán
apretada debías tener esa liga para que toda tu sangre se acumulara ahí -apreté
los labios para no reír ante la imagen de una cara muy roja con un lugar donde
se acumulara toda la sangre, me imagine así una vena apretada y gorda como una
oruga.
-A ti te hubiera
servido mucho en el tiempo que construías casas de compaña incluso a lado del
gordo King – dice Martha irónicamente y con una media sonrisa, Alan escupe el
trago de juego que estaba a punto de tomar.
-Siempre tienes
que decir eso, tenía catorce y era precoz.
-¿Comenzaste a
los catorce? –Pregunto Liliana con el ceño fruncido-, ¡pinche impotente! –
exclamo y después se carcajeo, apreté más los labios.
-¡No me digas
impotente! – Se quejó un Alan tan rojo como un tomate.-Los hombres maduran dos
años después que las mujeres -. Me quede un segundo con la boca entre abierta
por su tono aniñado y quejumbroso para carcajearme junto con las demás.- Son
unas horrendas – comento negando con la cabeza y sonriendo ligeramente.
-¿Alice?
–pregunto alguien, alce la mirada y vi unos ojos con una figura demasiado
felina cubiertos de capas de rímel y delineador, mire más allá de sus ojos y
ella tenía un pequeño rostro con una afilado barbilla, su cabello estaba a esa
altura y le caía en picos con las puntas de un deslavado amarillo ascendiendo
hasta a un verde oscuro que se confundían con sus raíces negras.-Te están
buscando – ronroneo a la vez que sonreía mostrando unos pequeños y blancos
dientes.
-Ya vengo... -digo viéndolos, pero nada segura de lo que estaba haciendo. Ellos asintieron y les sonreí, de nuevo.
-Ya vengo... -digo viéndolos, pero nada segura de lo que estaba haciendo. Ellos asintieron y les sonreí, de nuevo.
Me puse de pie
aunque no estaba muy segura si debería de ir con ella pero sus ojos me
conquistaron, ella podía caminar erguida aunque su cabeza rozaba ligeramente
con el techo, tenía un caminar donde sus pasos se pronunciaban más por el
movimiento exagerado de las caderas, demasiado vulgar… se le veía bien.
-Disculpa – dije
a tres pasos de ella, ella ladeo el rostro un poco con una sonrisa en los
labios-, ¿pero quién me está buscando?
-Alexandre
–respondió.
¿Alexandre? Cerré
los ojos un segundo e inhale profundamente, ¿no pudo venir él? Tenía que mandar
a alguien a buscarme.
La chica se
detuvo repentinamente y casi trago su cabello, se giró como si lo que me fuera
a mostrar, se convertiría en la destrucción de todos y la salvación de unos
cuantos, dio un pequeño golpe sobre la pared y una puerta se desprendió… una
puerta en forma de triángulo-rectángulo,
la tomo y la abrió por completo. Dentro todo estaba más iluminado por una
lámpara de cristales con luz tenue. Parecía la torre de una iglesia gótica en pico,
al entrar me pude erguir por completo, lo cual agradecí, y ella corrió a una de
las tres mesas que estaban ocupadas, en esta estaban dos chicos con ojos de un
color gris muy similar al de Alexander, salvo que ellos parecían malhumorados.
Sonaba algo de
Vivaldi de fondo, muy bajo.
Ahí las paredes
eran de un opaco gris verdoso y en las esquinas un poco de moho comenzaba a
crecer, había cuatro mesas en las cuatro esquinas del lugar y una gran mesa
redonda en medio, en esa mesa había un sillón estilo taburete pero en el suelo
y se cerraba completamente de un color guinda y la mesa era de hierro forjado,
alrededor estaban chicos que nunca había visto a excepción de Gabriela y Paris
que estaban sentados a lado de Alexander, izquierda y derecha respectivamente.
Alexander miraba
con el ceño fruncido a un joven que decía algo haciendo muchos ademanes y
sonreía abiertamente, después los tres rieron.
Mire a un lado a
otro indecisa en si entrar, los jóvenes que estaban enfrente de Gaby y los
demás se veían atemorizantes y mucho mayores que yo, incluso en la ropa eso
resultaba obvio y por primera vez en mucho tiempo me sentí fuera de lugar y
nerviosa.
Vi hacia abajo a
mi ropa e hice un mohín… inhale y la voz racional me grito: “Disimula el gesto
de inseguridad”, así que me lleve una mano a la frente pera rascar un poco y
después recorrí con la mano hasta mi cabello donde lo hice hacia atrás. Alce la
mirada para ver donde estaban los anfitriones, un chico de ellos me miro de
arriba abajo y de abajo a arriba después.
Camine hacia
ellos como si no hubiera notado el gesto.
-Alice – saluda
Paris y sonrió, la joven rubia que hablaba guardo silencio, al tiempo que
alzaba mirada.
-Vamos siéntate,
Alice – dijo Alexander señalando un espacio que había entre él y Paris, asentí sin
muchas ganas pero con más ganas que sentarme alado del joven que me miro de
arriba abajo en una buena repasada y que estaba alado de Gaby. Pase un pie que
toco el suelo para después pasar el otro y sentarme donde había dicho.- Ellas
son Erika, Sophia y Natalia – dijo señalando a la joven de cabello rubio,
seguida de la que tenía el cabello café y por último la que tenía el cabello
negro, asentí porque fue el único gesto amable que se me ocurría-, son las
novias de mis primos: Valentine, Nial
y Rodrigo – señalo al joven rubio
que me había recorrido de arriba abajo, después al joven que tenía el mismo
color de cabello que Alexander y al chico que tenía unos ojos de una marrón muy
oscuro contra una tez muy blanca.- Y Ella es Alice, es una nueva amiga.
-Mucho gusto
–dijo la rubia con una voz muy dulce, sus ojos de un verde cristalino se
iluminaron.
-Igualmente.
Me fueron
teniendo la mano uno por uno y después continuaron hablando como si los
conociera desde hace mucho.
Había algo que
comenzó a afectarme conforme hablaban… más cuando el chico rubio y Alexander
comentaban algo…, como si toda la energía que tenía comenzará a desaparecer, no
era algo que me gustará realmente. Sentir. Era algo peor que el miedo y la
desesperación a las que estoy acostumbrada, es algo… cerré los ojos y trate de
respirar con normalidad para controlar el temblor de las manos. ¿Pero qué me
pasa? Abrí los ojos cuando ladee el rostro hacia a la derecha.
-¿Por qué no te
habíamos visto antes? – pregunto la chica rubia que parecía ser la más
extrovertida.
-Soy nueva, llevo
apenas un mes aquí -. Para ser exactos llevo treinta y un días aquí.
-¿Vas en el mismo
Colegio que ellos?
-Sí.
-Roses&Marie,
para los fanáticos religiosos –dijo el chico que me repaso, Valentine.
-No soy devota –
sonreí en un gesto irónico-, lo de darse golpees en el pecho por vivir, no es
lo mío– agrande la sonrisa, el chico también sonrío.
Después de unos
comentarios y más preguntas, los chicos comenzaron a hablar entre sí y con Paris
y Gaby, yo escuchaba como si sus pláticas me interesaran, eran mucho más
interesantes que las que había tenido afuera pero con un grado de formalidad
que no me gustaba.
-¿Quieres un poco
de café? –Pregunto la chica de cabello castaño, tomando una jarra plateada que
emanaba vapor, asentí ligeramente, ¿no tienes algo más fuerte y que me deje
inconsciente?- ¿Has escuchado alguna vez la historia sobre el café con leche? –
pregunto divertida.
-No.
-Muy bien, ¿qué tal si te la cuento? –
sonrió viendo la mesa mientras tomaba un vaso de cristal con una base de
metal, y después me vio a mí.
-Sí -digo.
-"Érase una vez una hermosa y joven princesa que se tuvo que afrontar contra las decisiones del pesado, las de sus padres, los reyes más poderosos del continente… que habían conseguido todo con mentiras y alianzas fuertes, pero demasiado oscuras sabían que el destino para su hija tendría un fin como al que ellos les esperaba.
-Sí -digo.
-"Érase una vez una hermosa y joven princesa que se tuvo que afrontar contra las decisiones del pesado, las de sus padres, los reyes más poderosos del continente… que habían conseguido todo con mentiras y alianzas fuertes, pero demasiado oscuras sabían que el destino para su hija tendría un fin como al que ellos les esperaba.
La princesa era joven y hermosa, sabía que la única forma que tenía para escapar de la traición del corazón y la razón era casarse con el rey joven con el que su padre tenía una alianza
basada en la mentira que si se descubriera, los reinos caerían.
La princesa,
valiente como le habían enseñado a ser los reyes, sabiendo que por su belleza
traería desgracia al reino, acepto el acuerdo…el rey joven estaba extasiado por
la decisión de la joven, pero… – y sonrío con malicia, deteniéndose de servir
el café oscuro con olor a canela-, el rey tenía una condición para su nueva
reina: en menos de un año tendría que darle un heredero, hombre o mujer, pero
heredero al final y si no lo hacía la decapitaría por su error… Meses después
el físico le dijo a su rey que la reina estaba embarazada… de gemelos.
El rey, controlador y sobreprotector, prohibió a su reina salir de su habitación porque por su juventud el embarazo era peligroso y se le recomendó reposo absoluto. La reina que siempre había disfrutado de una libertad comparada a la de un ave, aquello le pareció una atrocidad y si en algún momento había amado a su rey, quedo remplazado y opacado aquel amor por su deseo de libertad.
El rey, controlador y sobreprotector, prohibió a su reina salir de su habitación porque por su juventud el embarazo era peligroso y se le recomendó reposo absoluto. La reina que siempre había disfrutado de una libertad comparada a la de un ave, aquello le pareció una atrocidad y si en algún momento había amado a su rey, quedo remplazado y opacado aquel amor por su deseo de libertad.
La bruja del
reino le dijo que había un medio para conseguirla de nuevo... beber el líquido
negro de los granos que le daría. Los granos que ella llevaba en aquella bolsa
de piel de cordero, eran pequeños, lustrosos y negros, con un olor peculiar,
nada que la reina hubiera visto antes.
Le llevo los
granos a la cocinera para que los hirviera en agua como la bruja dijo, pero el
líquido oscuro como es, llamo la desconfianza del rey, quien pregunto al físico
si debía su reina beber aquella sustancia, este dijo que no.
La reina,
desesperada, ordeno a la cocinera hervirlos en leche
de cabra, entonces la bebida de una café claro… -susurro justa en el momento en
que vertía leche sobre el vaso que tenía más café que leche y tomaba el color
que describía-, fue bebida por la reina. Cuando la joven reina fue a dormir un dolor
aprenso su vientre y las sabanas de la cama quedaron manchadas de sangre.
A la reina la
condenaron por la muerte de los herederos del reino, sus hijos, y el rey, antes de que el verdugo
dejara caer la navaja de la guillotina sobre el cuello, susurro a su reina “¿por qué?,
hincado enfrente de ella, a la merced de su decisión engañosa y su belleza. La reina contesto "por amor al deseo…"
Dicen que el rey
lloro por años a su reina y a sus herederos y admiro como la planta
con granos negros crecía ahí donde los tres fueron sepultados”.
Cuanto dolor...
-La historia la
escribí para una clase de literatura –sonrió y le devolví la sonrisa, entonces
me paso el vaso con café.- ¿Te gusto?
-Muy entretenida
– respondo.
-¿Verdad que sí?
– sonrió abiertamente.
-¿Cuál era la
mentira que unía el reino de los padres de la princesa y al del rey joven? –Me miró fijamente y ladeo
el rostro un poco, como si no entendiera mi pregunta.
-Pues alguna lo
suficientemente rebuscada que los haya empujado dar a su hija a un hombre que
aunque le dio dos herederos, no haya sentido compasión por ella y la
haya asesinado por un error.
-Por eso la reina
tenía que ser joven y valiente.
-¿Por qué? –
pregunto estrechando los ojos.
-La juventud
significa inocencia y cuando has tenido una vida en donde siempre has
conseguido lo que quieres, y además eres valiente, todo da como resultado la imprudencia... por la
ignorancia que brinda la juventud.
-Por la confianza
que te brinda la juventud sobre tu poder en la vida -dice ella, me miro un
segundo y después sonrió.
Le di un sorbo al
café que emanaba vapor y calentaba el cristal del vaso.
¡Uff, pero si
está hirviendo!
-Era obvio que te
quemarías – me reprocho Alexander, giro para verlo, él sonrió.- Tienes espuma
–dijo señalando la nariz, me lleve una
mano y sentí el frío de la espuma, tome un servilleta de tela para limpiar la
espuma.- Y aquí –susurro limpiando con su servilleta la comisura izquierda de
mi boca.
-Gracias – dije
limpiando toda la boca con la servilleta para asegurarme.
-Cuando te dije
que vinieras a tomar un café con nosotros, me refería a nosotros – hizo énfasis
con sus palabras a quien se refería, sonreí.
-No, tú dijiste
“ir a tomar un café”, nunca dijiste: “ven a tomar un café con mis amigos y
conmigo” – dije enarcando una ceja y dejando el vaso en la mesa, me ladee un
poco para quedar enfrente de él.
-Para la próxima
seré más específico.
-Debiste serlo
esta vez… -susurre sin querer, él frunció el ceño. Hablar del futuro me
desagrada, Alexander, pensé he hice un mohín.
-Es muy lindo
–comento, dándole un toque al cristal, asentí, lo tomo con el cuidado de no tocarme, supongo que porque estaba sobre mi pecho, le dio la vuelta-. “El
secreto de la perfección se halla en la luz de tu mirar, vida mía” -leyó en un susurro, enarco las cejas y me
miro con curiosidad dejando el colgante en su lugar-. ¿Quién te lo regalo?
–pregunto con simple curiosidad.
-Mis padres
–respondí, él inhalo profundamente a la vez que tomaba de su taza.
-Una inscripción
peculiar.
Tengo un
relicario que dice: “La belleza eterna se hallara en tu rostro inmortal y la
belleza que conservare de ti, serán tus atardeceres conmigo” o el reloj de
bolcillo y cadena, por dentro tiene escrito: “Lo infinito del amor se allá más
cerca junto al amor por nuestra Alice”.
-¿No te gusta
hablar, Alice? – pregunto cuando ya no supe que decir.
-Es una
necesidad.
-¿Pero te gusta?
-¿Me debería de
gustar?
-Pues, sí.
-No sé qué decir
–respondo.
Es más fácil
cuando estas en la ala del hospital con chicos que entienden tu estado y hacen
bromas sobre él y tú sobre el de ellos… aunque a mi mamá nunca le ha gustado
que este en esa ala.
-Es fácil, yo
pregunto y tu respondes – dice, bajo la mirada a la mesa y comienzo a tratar de
desaparecer una mancha de la madera con mi uña.
-Pero a veces no
preguntas nada.
-Alice… -comienza
y alzo la mirada para verlo, un destello peculiar le cruza por los ojos y en
ese momento mi teléfono suena, doy un respingo y me alejo, no me había dado
cuenta que me necesitaba alejarme por el bien de mi espacio personal.
Me llevo la mano
a la bolsa trasera de mi pantalón y saco el teléfono.
-Bueno –digo
viendo hacia el centro de la mesa.
-Ali –dice mi
padre en respuesta, miro hacia la derecha esperando a que continué.
-¿Sí? – pregunto
divertida por su larga pausa.
-Disculpa, hija,
tu mamá quería pagar –responde con tono de reproche, sonrío aún más divertida-.
Hemos acabado de cenar, te esperamos en el estacionamiento –dice y noto su
sonrisa-, si quieres… si no te puedes quedar un rato…
-No, no – me
apresuro a decir-, voy para allá.
-Okay, nos vemos
en quince minutos, linda.
-Sí, papá.
Mi papá no tenía la
costumbre de despedirse de mí, así que cuando se cortó la comunicación sin
aviso, no me sorprendió.
Me quede mirando
un segundo el salvapantallas de mi celular, donde estábamos Nicholas,
Katherine, Daniel y yo. Katherine me abrazaba por el cuello porque la estaba
cargando, mientras que Daniel me cargaba a mí y Katherine cargaba a
Nicholas. Los cuatro sonreíamos y como fondo teníamos el mar abierto de Mollet de
Valles, hace un año.
No he hablado con
ellos desde hace mucho… que exagerada soy. Tal vez desde la noche antes de Año
Nuevo. Sí, eso es mucho.
-Me tengo que ir
– digo guardando el celular en el bolsillo de mi pantalón.
-Te acompaño – se
ofrece Alexander.
-No, está bien,
no están lejos de aquí.- Además… No quiero.
-Pero se ha hecho
noche.
-Hay alumbrado
público –digo y le sonrió.- Fue un gusto conocerlos – le sonrió al grupo-. Nos
vemos mañana – les digo a los demás.
Camino erguida y
agradecida después de salir de aquel ático demasiado enigmático, donde la
reunión de amigos se comienza a convertir en sesión de ligues y de fajes, estoy
segura que el jugo de arándano y de naranja se ha convertido en un rico liquido
intoxicante.
No veo a nadie de
quien despedirme, así que corro por las escaleras raras reparando una vez más
en las puertas de los sanitarios. Al salir del café-bar, mire hacia los lados
preguntándome si podía llegar antes de alguna forma. Pero como aún no
estaba familiarizada con el lugar, preferí tomar el camino que había tomado con
Alexander.
Camine a paso
lento debajo de los forales del siglo XV, viendo como la luz ámbar le daba un
destello peculiar al lugar. Escucho pasos detrás de mí pero no hago caso, no
hay casi nadie por aquí… mmm… tal vez si debí dejar que alguien me acompañara.
Toman mi mano y
me tenso, así que giro y golpeo con la mano abierta la mejilla de la otra
persona.
-¿Ouch?
–pregunta indignada, abro los ojos, es Gabriela.

No hay comentarios:
Publicar un comentario