miércoles, 2 de enero de 2013

III. Capítulo. Vivir en los Momentos.



Vivir en los momentos significa vivir aquello que será inolvidable como si fuera imposible de vivirse, es diferente a vivir el momento que te lleva a vivir ese instante como irrepetible... Los momentos son en lo que siempre tendrás, el lugar en el que siempre vivirás.
Mi primera semana en Santander... Era una suerte no haberme vuelto loca con las pesadillas de la semana, algunas veces solo quedaban atisbos y otras podía reconstruirlas en su totalidad.
Me encontraba en mi Estudio tocando y escuchando música deprimente deprimentemente, me frote la cara con ambas manos y recargue mi frente en el colosal cristal. Afuera el sol brillaba y yo todo lo veía gris, nublado y en un chubasco inmenso.
La puerta se abrió de empujón y mi madre entro con una bandeja sobre la que había una tetera de aluminio con una taza del mismo material, la dejo sobre una de las columnas con una sonrisa, inhale mientras me acercaba.
-Es té - dijo sonriendo un poco más.
-Gracias, mama - susurre, ella asintió y salió con su andar único.
Mire la bandeja, la tetera humeaba mantequilla y manzanilla, las galletas sobre un plato de cerámica negra, eran de nata, había leche, cubos de azúcar y una pequeña jarrita de cristal con labio dorado, en su interior había miel.
No había comido nada en dos días, no era porque no quisiera si no que no podía, cada vez que me llevaba algo sustancioso a la boca hecha agua por el hambre, mi estomago se reducía a una pulga y me hacia vomitar.
Apreté los labios en una fina línea. Es horrible tener hambre y no poder comer, es horrible tener que nutrirte con pastillas y alimentos artificiales porque no puedes comer nada.
Inhale conteniéndome, me mordí el interior de los labios y con manos temblorosas serví té de manzanilla con un poco de leche y miel, lo olí y cerré los ojos de puro gozo. Di un pequeño sorbo y mi estomago rugió de hambre, di otro sorbo hasta que la tetera se encontraba vacía y el platito de galletas solo tenia mil lajas. Saboree el gusto a mantequilla, miel y nata que había dejado mi comida, sentía hambre aun, pero comer algo más pesado solo me traería problemas.
Regrese al banco enfrente de las partituras para el violín y comencé a tocar, ¿lista para el funeral? Pregunto la voz sensata y mordaz de mi cabeza.
-Tal vez - respondí en un susurro y deje que las notas del canto suplicante me llevaran por mis recuerdos.
Mi vida pasaba metafóricamente delante de mis ojos, me detenía en los recuerdos más hermosos que eran casi todos y sin intentarlo me detuve en un recuerdo donde mi abuela me enseñaba la foto de mi tatatatatatatatatatatara abuela. Era idéntica a mí en cuanto facciones, ya que mi abuela aseguraba que ella tenía los ojos negros y el cabello igual. Era una foto antigua, la mujer había sido una de las primeras en llegar de Francia a España, una de las iniciadoras de la dinastía mas desgraciada de España: los Fontain, según mi abuela, una de las familias más importantes de España y el mundo en el Siglo de Oro, según yo, una familia común y corriente en la Siglo XXI, que era lo que importaba.
Mi abuela me mostro la foto para advertirme que la belleza de aquella mujer había traído desgracia y desenhorna a la familia por una larga época, que entre sus e numerables pecados se encontraba ser una mujer promiscua que nunca contrajo matrimonio. Josefina, según ella, me mostraba la foto para señalar que mi parecido a ella me daba un potencial riesgo a ir aparar al infierno.
Me lleno de un terror insensato proclamando que mi condena seria aun mayor que desaparecer sin dejar rastro como lo hizo aquella Fontain, ya que además de ser parecida a ella, era pelirroja y surda, así que estaba fregada y la única forma de salvar mi alma del fuego eterno era aprender a escribir como los humanos y no como las bestias.
Mi abuelita tan encantadora... Aprendí a rezar para redimirme por mis pecados porque lo que ella decía es que me tenía que sentir completamente arrepentida por mi apariencia, pero después el infierno se convirtió en un lugar para los católicos, cristianos y demás y el cielo solo es un lienzo azul con pesadas nubes como algodones.
Me deje llevar.
El lugar que mis padres habían elegido era de lo mas encantador, era tranquilo y silencioso, un día antes de entrar a la escuela, el 7 de enero, salí con un abrigo café de pesada lana de borrego y una bufanda gris rodeándome el cuello. Comenzaba a entibiarse la tierra, pero aun así con sol en lo alto y briza de mar, el viento era tan frio que ponía la nariz roja. Mi madre me dio jugo de naranja con manzanas verdes cortadas a la mitad mezcladas con miel y yogurt, uno de mis desayunos más sustanciosos.
Caminaba por la acera con las manos en los bolsos del abrigo, los audífonos conectados al Iphone, reproducían a Slow Dancing Society, un escalofrió me entro y mientras me encogía oculte mi boca debajo de la bufanda, me sentía cansada, bostece. No me vendría mal un café o un chocolate caliente, en la acera había un deportivo viejo de un reluciente negro. Hermoso. Por la calle solo paso una joven en una bici y nada mas, sonreí al tiempo que algo golpeaba mi cabeza con un impacto seco, justo en la nuca, me encogí y gire en redondo, agachándome por la manzana, alce la vista para encontrarme a un chico con sonrisa burlona encogido y con manos en su chamarra, llevaba una enorme bufanda gris de lana, en serio, era enorme. Me quite los audífonos viéndolo de arriba hasta la cintura.
-¿Comprarías manzanas? - pregunto burlón.
-¿Tú me lanzaste esto? - pregunte mostrándole la manzana.
- No fue el árbol - respondió entrecerrando un poco los ojos, de su boca salió vapor blanco, estaba sentado detrás de una mesa con mantel a cuadros donde un montón de manzanas estaban depositadas en cestos como los que usan para recoger fresas. Mi garganta se lleno con algo acido que me hizo apretar los dientes, cerré la mano entorno a la manzana para lanzarla después directo a su frente, girarme y caminar de regreso a casa sin dejar de escuchar su carcajada.
Gilipollas mal parido, pensé suspirando.
-¿Nos vamos? - pregunto mi madre cuando llegue a casa.
-¿A dónde? - conteste frotándome la nuca porque sentía que la manzana me la había atravesado.
- Al pueblo, hay un cine donde exponen películas viejas - sonrió mostrándome las llaves.- Te dejo manejar - enarco las cejas mientras trataba de ocultar su sonrisa, asentí tomándolas.
Caminamos al coche, separándonos para llegar a las puertas, cerré la mía con un leve jalón. Sentí la ira irse para que lo que siempre estaba conmigo regresara, es un grito inaudible que deja frio los huesos, deja sin aliento la garganta y  sin alma al cuerpo. Trague saliva porque este frio irreconocible para los ojos del inocente llenaba con espesas lágrimas los del pecador.
Quería ser libre de irme olvidando a quien dejaba atrás... Pero mi gran pena seria recordar su sonrisa, su vida y como la compartían. Se supone que debía de hacerme fuerte, pero a mí me debilitaba esta clase de dolor, lo que yo hacía era aparentar ser la persona más fuerte y que sus pasos resonaban en el suelo vacio y por dentro ya me había consumido.
-¿Qué película exponen? - pregunte entrando a las calles intrincadas del centro del pueblo con el peso del acero en el pecho.
- Ángela - respondió.
- Esa no es una película vieja - dije sonriendo un poco a al empedrado.
-¿No?
- No - sonreí aun más.
-¿Ya la viste? - pregunto, la vi enarcar las cejas mientras me estacionaba en un hueco de la calle entre dos coches iguales.
- No.
- Entonces finjamos que es una película vieja - sonrió mientras bajábamos del carro.
- Mama, cerca de aquí hay una cafetería, ¿puedo ir a comprar algo? - pregunte caminando en la misma dirección que ella, aunque tendría que ir en la dirección contraria.
- Mmm... Está bien, regresas por esta calle - comenzó girando para verme directamente a los ojos diciéndome que no me pusiera a observar el lugar-, doblas la esquina y caminas derecho, el cine está sobre la avenida, no hay forma de que te pierdas si me haces caso, de cualquier forma te estaré hablando - enarco un poco las cejas.
- No me voy a perder - sonreí y ella asintió dándome el avionazo.
Camine por la calle alejándome de mi madre con una mano recorriendo la pared con la punta de los dedos, primero se sentía lisa en partes y grumosa en otras, sentí los bordes de las puertas, los barrotes de ventanas bajas. El aire en el pueblo era igual de frio que en casa, pero el sol daba directo a tu cuerpo, tibio, el aire caminaba a tu lado con olor a pan recién hecho y conforme te acercabas a la cafetería se tornaba a un delicioso canela que te hacia agua la boca.
Trate de observar todo, cada detalle, cada roca, cada esquina, la gente que adaptaba al ambiente, yo adaptándome al ambiente, trate de sentir lo que nunca podre volver a sentir, con cada detalle mínimo quiero vivir lo doble para no irme tan rota, para olvidar el irme.
Esta vez no me atendió la amigable chica de ojos azules cuyo nombre no recuerdo y hoy había una promoción de dos cafés por uno y no había forma de decir que no porque aunque no quisieras te iban a dar tu otro café y aunque no quisieras lo tendrías que pagar. Ni Starbucks te hacia eso.
Salí de la cafetería con dos cafés demasiado calientes en las manos y cara de pocos amigos, presione demasiado uno lo que hizo que la tapa se abriera y cayera un poco de café sobre mi mano, abrí la boca solo para decir en voz baja: "au" y bajar la mirada a mi ropa y ver si no estaba manchada, no lo estaba, comencé a caminar por donde había venido.
- ¡Alice! - escuche desde atrás, mi nombre había sido pronunciado por una voz que no conocía, gire lentamente con todo el cuidado para no quemarme, enarque las cejas al ver quien había sido, el chico que me había tirado y causado una herida en la mano se acerco medio corriendo a mí con una brillante sonrisa, por reflejo di un paso hacia atrás sin pensar en el café casi hirviendo que me quemo de nuevo la mano, esta vez sí lo solté, junto con el otro, los mire, ensuciando mis botas.
- Au...  - murmure viendo la piel roja y chorreante de café.
- Uy... Lo siento - dijo, alce la mirada para volverla a bajar, di media vuelta pisando un vaso desechable. ¿Para qué hago caso a desconocidos? Tengo caca en la cabeza.- Oye, espera... Alice - dijo caminando hacia mi.- Quería ofrecerte una disculpa - continuo sin esperar a que lo mirara, camine haciendo caso omiso.- ¿Sabes? Eso se considera una grosería - dijo en tono despectivo, no pude evitar reír en voz baja, pare.
- Ya me habías ofrecido una disculpa - dije sin evitar cargar las palabras, sonreí al final y volví a caminar.
- Pero te respondí.
- Creo que me da muy lo mismo - se detuvo y pareció dejar de respirar, si hubiera estado lo suficientemente atrás no hubiera volteado a verlo, pero estaba a mi costado, así que me vi en la obligación y per obligación de girar y mirarlo para asegurarme de que no estaba sufriendo un ataque al corazón por mi respuesta tan poco refinada. El chico tenia la boca un poco entre abierta y la cerro de prisa.
- No nos hemos presentado, verdad, Alice? - pregunto de ¿forma casual?
- No.
- Me llamo Alexander Pechir - dijo extendiendo su mano derecha de forma horizontal, la vi un segundo recordando algo que mi padre me había dicho sobre tener el poder, extendí mi mano al tiempo que daba un paso hacia enfrente y no le quedaba de otra que colocar la mano ladeada como se supone que debes saludar.
- Alice Fontain - respondí, soltó mi mano antes de que pudiera terminar, bueno... Eso ya no era cosa mía.
- Mucho gusto, Alice - sonrió-, ¿qué te parece si te repongo tu café?.... Esta sería la segunda vez que te quedas sin el por mi culpa - agrego, asentí  mientras él sonreía, yo no soy esa clase de personas que sonríen porque les sonríen así que solo asentí regresando la mirada al frente para abrir la puerta de la cafetería.
El, a diferencia de mi, hizo que el joven que atendía se metiera la promoción de dos cafés por uno por donde quisiera y le cupiera. Se conducía con seguridad en lo que hacía, no en sí mismo y la postura que tomo en la fila denotaba que tenia liderazgo innato, solo lo mire de reojo dos o tres segundos y después me perdí en mi propio mundo haciéndome consciente de lo que si era importante.
Salí de la cafetería con un cappuccino igual a los que había tirado hace unos momentos y camine con el chico a mi lado por la calle, nunca le dije que me acompañara pero tampoco me importaba que lo hiciera.
-¿Cómo sabias mi nombre? - pregunte cuando pasamos mi carro, giro el rostro para verme-. Me refiero antes de que te lo dijera - me explique viéndolo a los ojos, sus labios querían sonreír.
- No sé si te has dado cuenta pero estamos en un pueblo... - dijo como respuesta- pequeño -agrego.
- Ah... Claro y tu eres uno de los clásicos chismosos de un clásico pueblo pequeño- vi hacia enfrente tragándome la saliva amarga que llenaba mi garganta, escuche su relajada risa y me dieron ganas de abofetearlo.
- Puede ser- respondió - Nos vemos, Alice - dijo cuando camine mas rápido para dejarlo atrás. Espero que no, pensé encaminándome al cine sin girarme.
El chico tenia apariencia extraña, se comportaba de manera extraña, hablaba como si no perteneciera a ningún lugar, sin acento y aunque caminaba como si el lugar le perteneciera parecía como si en cualquier momento se fuera a perder en el.
No solo parecía niño rico sino que se comportaba como niño rico y tenia nombre de niño rico, en resumen era niño rico y la respuesta a mi pregunta: su cabello es gris.
Entre suspirando a la sala de cine, fue fácil encontrar a mi mama, me senté a su lado superando de nuevo y tome un puñado de palomitas sin pensar en las consecuencias en mi cuerpo.
La película era francesa y al estar viéndola dude un segundo si era muy vieja o reciente, pero si muy buena, después recordé que era reciente. La vi con mi madre y sus comentarios al no apreciar esta clase de cine y que insinuaban el porqué de que me hubiera tardado tanto, se aproximaban... Pero claro, solo se aproximaban.
Cuando la película término me estire perezosamente en el asiento y después me levante, al café no le di ni un sorbo, lo tome, camine detrás de mi madre, encontré un cesto de basura junto a las puertas negras y deje caer el vaso.
-¿Quieres cenar aquí? - pregunto delante de mí, recupere el ritmo.
-¿En el cine? - pregunte viendo las maquinas para hacer las palomitas, me miro sonriendo y negué-. Prefiero comer en casa - respondí sonriendo como ella,
Tenía sueño así que deje a mama manejar de regreso a casa, sentía como si hubiera llovido por mucho tiempo, pero las aceras estaban secas e iluminadas por el faro universal. Mire el exterior por la ventana, se veía todo tan verde, la primavera pronto arrasaría con los retazos del invierno. El tiempo pronto arrasaría con los tajos que quedaban de pie.
No tenía hambre así que subí directamente a mi habitación, me senté en la silla enfrente de la computadora y comencé a dar vueltas y vueltas y vueltas, tantas vueltas para ver todo borroso como mis recuerdos, me levante haciendo que suelo se moviera un instante. Tuve que alzarme en puntas para alcanzar la caja de metal blanca con tulipanes rojos que estaba sobre mi closet, la abrí y saque los DVD'S que estaban dentro, antes habían sido VHS pero después dejaron de existir, así que hicieron que los convirtieran.
Puse el primer DVD y me senté en la alfombra con las piernas cruzadas, espere hasta que el fondo azul se tornara a un millar de colores. Se veía que había sido grabado con un videograbadora antigua.
- Vamos, linda - decía mi mama extendiendo sus brazos hacia adelante, debía de tener dos años y estábamos en el departamento de Madrid, el de grandes ventanales que tenía dos habitaciones, una cocina, un baño y un pequeño comedor. El de los años donde mama y papa estudiaban y mis abuelos ayudaban con los pañales y la leche. Me apoye en el cristal por el cual entraban los rayos de la tarde dando al piso de madera.- Vamos, linda, tu puedes sola - dijo poniéndose en cuclillas, la miraba como si entendiera lo que decía, me levante, di mi primer paso tambaleante hacia ella, en el tercero me incline tanto para caer y no lo hice y mama ni siquiera se adelanto si no que espero a que yo recobrara el equilibrio, cuando llegue a sus brazos, me rodeo con ellos con fuerza y me alzo besando mi mejilla, se veía mi sonrisa de un diente incisivo solamente cuando me giro a la cámara.- Saluda a papa - sonrió ella también haciendo que sus ojos brillaran-, hola, papa - dijo por mi  tomando mi mano y haciendo que saludara.
Paso a mi primer recital de ballet cuando tenía cuatro años, llevaba el cabello suelto peinado con una tiara, un enorme tutu de mucho tul rosa y un leotardo blanco. Solo alzaba los brazos formando un arco sobre mi cabeza,  me alzaba doblando la punta de mis dedos gordo y ya me daba mis aires de prima bailarina.
-¿No se ve encantadora? - pregunto mi mama aplaudiendo cuando aun no terminaba el acto.
- Se ve como una hadita - respondió mi papa, cuando la cámara lo enfoco, con sus ojos brillantes porque también le emocionaba ver como un moco de niña saltaba como grillo haciendo un círculo con otros mocos de niñas.
Estábamos tomando el sol los cuatros sobre toallas de Hulk, SpiderMan, Harry Potter y El Burro, para hacernos amigos habiamos jurado que a ninguno nos podían gustar las princesas porque eran de cuajos, aunque ahora juego sobre que a Katherine y a mí nos robaron la infancia.... Jugaba. Estábamos en casa de Katherine, con el gran jardín al frente y su casa lo suficientemente grande para dos personas, su madre y ella; ese día estaba perfecto, era verano, medio día y nuestras madres habían llenando una pecina inflable con estampado de estrellas de mar y peces de grandes ojos y frenéticas sonrisas.
Nosotros estábamos acostados debajo de las jardineras, en medio nosotras dos, al costado de Katherine, Nicholas con sus lentes de sol para proteger "los ojos por los que los dioses mueren en el Olimpo" y a mi lado se suponía que debía de estar Daniel, atrás de nosotros estaba la madre de Daniel y la de Nicholas, adentro mi madre preparaba algo y la madre de Katherine nos grababa.
-¿Qué hacen, niños? - pregunto con la sonrisa en la voz.
- Tomando sol - respondió Katherine como la diva que siempre ha sido.
-¡Como lagartijas sin cola! - dije sonriendo, Nicho alzo su pequeño brazo e hizo la seña de rock n'roll.
-¡Daniel, no puedes salir en ropa interior! - decía mi mama riéndose y saliendo detrás del, Daniel salto sobre nuestras cabezas hacia al jardín y corrió con la cortina del baño enredada al cuello, siguió corriendo hasta al árbol de jacarandá donde puso sus manos en sus cacareas.
- ¡Eso no se lo dicen a Superman! - dijo frunciendo el ceño, enfocaron a su madre al tiempo que se daba un golpecito en la frente, suspiraba y se levantaba.
- Daniel, Superman... - sé lo que pensaba, ahora: "Superman tiene pene", pero en lugar de eso dijo-: tiene mallas, vamos a ponerte unas - agrego extendiendo la mano hacia él, mi mama sonrió cuando Danny pasaba con sus bóxers de Bob Esponja dando saltatitos hacia su mama, al tiempo que esta articulaba: "lo siento" con los labios.
Pare el DVD en ese momento y me deje caer de espaldas, tomando una de las posiciones que los humanos no eran capaces de hacer según Daniel. Trague saliva para no hacer lo que mi alma pedía a gritos, ni siquiera estando solo yo, le permitiría un momento de debilidad.
Los recuerdos están hechos para quienes no queremos olvidar. La vida está hecha de lo que no queremos olvidar. Los recuerdos se hacen con la vida que nunca olvidaremos. Después de todo, esa fue tu verdadera vida. Y al final terminas viviendo los momentos.

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